La República Dominicana atraviesa un momento necrofílico de su historia. La insignificancia de los acontecimientos cotidianos que hacen los titulares de la vida nacional converge con la velocidad con que estos se suceden, sin dejar mayores huellas

Nada parece tener peso ni trascendencia en el diario vivir del país. Las políticas públicas parecen pensadas y planificadas en un PowerPoint que se desvanece al día siguiente. 

La gente, mayoritariamente marginada, parece no contar para las clases dirigentes que se sienten autosuficientes en una República cada vez más vacía de dinámica ciudadana.

Una de las quejas más escuchadas es que no sabemos exactamente para dónde vamos, y, lo peor: a nadie parece interesarle ni importarle eso, excepto a los que, desde el pasado, pretenden resucitar de sus cenizas, o a aquellos mercaderes que nunca paran en sonsacar al Estado para continuar el vertiginoso ritmo de sus privilegios y riqueza acumulados de manera impune e inmune. 

Mientras tanto, la vida de las mayorías en los barrios se consume entre bancas, chapeo, drogas, oraciones, kitipó, muerte y un pasar trabajo como Sísifo. Son realidades que parecen inaudibles para el poder neoliberal. 

Es hora de comenzar a calentar la historia.