A corrupcionazos duros apuestan a matar la dominicanidad
A las artes y a los amigos cuyo reconocimiento social por sus altruistas acciones y gestiones eficientes es necesario se les solicita hoy su consentimiento.
Es imposible mirar hacia otro lado cuando la esencia de la dominicanidad y el humanismo que alimentarla debe han sido vil, artera y nuevamente apuñalados.
Otra estocada, ahora más profunda y más cerca del alma se suma a la al parecer infinita, continua e indetenible sucesión de ofensas y agresiones contra la noción prístina de justicia y ética en la gestión de lo público.
Es una embestida que desde las consciencias de una Patria justa, ética, idónea y próspera para todos resulta inaceptable.
Andanada de actos contra la Nación que cada vez más adquiere los rasgos de una bien escrita, articulada, representada y repetida hasta el hastío y la indignación obra de teatro.
Un teatro de ricos burlando a las clases medias y a los pobres. Que va más allá del teatro del absurdo de Antonin Artaud, al no proponer desactivar las convenciones de los discursos para enfrentar al hombre a su propia condición, para que comprendiéndola, se conciencie y la supere, transformando su accionar en fuente del bien personal y colectivo.
La narrativa subyacente a esta agresión la define un término que para la gestión pública resulta infamante: la anomia. Y la caracteriza ovar en el consentimiento sistemático, en la disfuncionalidad parcial o total del propio gobierno del Estado, en emanar de su disrupción. Aquí esa anomia ha devenido necesaria e indispensable; predilecta por encima de las normas y las leyes.
Da origen y resulta de acciones cuyo fin es elevar a grado de fabulosos enriquecidos a familias y a personas empoderadas, al precio de destruir el Estado mismo y sus deberes, dejando grupos poblacionales en la orfandad, el riesgo o asegurándoles la muerte. Socavando, en fin, las bases que como árbitros y gestores de lo colectivo sustentan el gobierno.
¿Qué moral o noción de verdad o justicia puede poseer una sentencia cuyas condenas los delincuentes “condenados” han de cumplir y están cumpliendo en sus hogares, después de haber drenado las arcas públicas, desfalcado lo público mediante la falsa prestación de servicios y la creación de “demandas cautivas”, por su obligatoriedad ilegítima, en el caso que hoy agrede al país, vinculado a la gestión de los fondos del Sistema Dominicano de la Seguridad Social (SDSS)?
Actos públicos de actores pervertidos por una política corrupta hasta el tuétano. En su competencia y necesidad de conquistar adhesiones y recursos, las organizaciones y líderes principales apuestan al sarcasmo y al cinismo de quién puede llevar más lejos y hacer más ofensivo el escarnio de “Hacer lo que nunca se hizo”, de robar para pagar impunidades y quedar libres e híper ricos. Una burla. Una ofensa
A quienes presentarse como inocentes quieren se debe recordar la frase taoísta, de Lao Tsé (LaoTsé), expuesta en el “Tao Te Ching”: “Aquel que no desea el poder es el más apto para ejercerlo”. Algo que hiperboliza la necesidad de consciencia en y compromiso con el servicio público. De lo que se trata es de designar personas más interesadas en servir que en servirse; en ejercer el Poder como oportunidad de servicio en vez de dominio y enriquecimiento. La realpolitik ha de tener límites y sólo el bien común puede validarla. Algo similar pronuncia un personaje empoderado en una magistral serie de tv sobre el imperio otomano: “Quienes habitan bajo el domo del poder no pueden pretender inocencia”. La misma idea que Maquiavelo escribió, al expresar que “Es necesario que un príncipe, si quiere mantenerse, aprenda a poder ser no bueno, y a usar o no usarlo según la necesidad”.
Resulta que ahora muchos funcionarios han decidido ser príncipes, sin serlo. A “No ser buenos”. Como si fueran presidentes, dueños de feudos o herederos aristócratas de lo público.
Sin embargo, se trata de que facultades propias y exclusivas del Estado —por extensión, exclusivas de sus encarnaciones temporales: los mandatarios, los poderes públicos y las leyes— están siendo distribuidas y usurpadas por permisibilidad y complicidad corruptas por personas, para “pagar” inversiones y adhesiones políticas.
Que Agamenón se viera obligado a reconocer a Aquiles su “botín de guerra” y esclava se sustentaba en una convención de la guerra de entonces. Hoy las democracias —donde el poder emana del pueblo—, aunque consienten la reciprocidad relativa de “favores y servicios” desde el gobierno regulan la acción pública y de su funcionariado mediante leyes que no aceptan ni toleran ni validan el robo de fondos públicos, menos de manera aviesa, ruin, abusiva, casi criminal y descarada.
Las atribuciones de saltarse aspectos éticos que Maquiavelo otorga a los príncipes no es general para todos los funcionarios ni tuvo otro objeto que el de formar una Italia fuerte en todos los ámbitos; la intensión no era propiciar que personas gobernantes atesoraran riquezas a contrapelo del bienestar público y de la gente sino de construir un Estado fuerte encarnado entonces en su Príncipe. Aquí y al respecto, Bosch, Balaguer y Peña Gómez constituyen ejemplos solares tan incandescentes que ante ellos muchos tirigüillos ladronazos quemarían sus pieles.
En países con sus parques industriales dañados por las furias importadora propia e exportadora externa, los ciudadanos tienen escasas posibilidades de erigir industrias con éxito. Son casi nulas las oportunidades de emprender sin el descomunal riesgo de fracasar en tales intentos. Entonces, aquellos con ansias de ser ricos o continuar siéndolo, caen tentados y seducidos por el poder de los gobiernos del Estado. Deciden participar en política como forma de compensar esa falta de oportunidades económicas que tampoco se dedican a superar desde las opciones y normativas porque su fin es ajeno al bien común: llegan e ingresan al servicio público dañados por sus sistemas políticos de origen. Ya en el poder, muchas veces terminan tan obnubilados por “su gloria” que olvidan que en las democracias la ruleta gira mucho y que las sociedades tienen, en sus ámbitos jurídicos, sus Erinias. También sus “absurdités grotesques”, especialmente cuando la aprobación y seguridad a largo plazo de los ejecutivos se ven bajo riesgos importantes. Unas “absurdités grotesques” que también les es favorable pues genera falsas condenas gracias a las cuales, después de repartir con fiscales, jueces y gobernantes superiores parte lo robado, terminan con fortuna considerable para vivir en paz por tres o cuatro generaciones.
Como el signo monetario devalúa, han “necesitado” robar cada vez más. Apreciemos esta lógica, observando su evolución reciente más tristemente destacada.
1. Caso Odebrecht, iniciado el 21 dic., 2016, involucró US$92 millones, hoy, aproximadamente RD$5,389 millones, sustraídos en un periodo de 15 años (2001-2016);
2. Caso Anti-Pulpo: inició el 27-28 de noviembre, 2020. Involucró RD$10,000 millones durante un período de ocho años (2012-2020).
3. Caso Medusa: Iniciado el 21 de junio del 2020, involucró RD$16,000 millones sustraídos en el período 2016-2020.
4. Caso SeNaSa: Inició el 8 de diciembre, 2025. Involucra RD$16,000 millones sustraídos en cinco años (17 de agosto, 2020 al 13 de agosto, 2025).
Desde el caso Odebrecht y en número de veces, el Gobierno Dominicano ha sido defraudado de forma creciente del siguiente modo: Antipulpo, +2.21; Medusa, +9.28 y SeNaSa, +7.22.
Como vemos, además de la precitada lógica, se revela una corrupción tan sistémica que ya ha estructurado una cultura expandida en la gestión pública. Se vinculada cada vez con más fuerza y exclusividad a clanes familiares, étnicos, políticos y económicos coherentes. En ella participan los unidos por relaciones de parentesco —primaria y secundaria—. Los líderes/gestores integran, alrededor de sus actos, a socios, viejos amigos de la universidad, empleados, consanguíneos, los de origen ético y geográfico común, Juntos construyen esas estructuras, para su propio beneficio.
Así, cuando el Estado demanda que su gobernante —de turno en las democracias— recuerde que “…de los nombres se puede decir generalmente esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro”, esta vigilancia debe ser maximizada por la ciudadanía.
Aunque conocido en toda la historia, Quevedo advirtió sobre el poder corruptor expansivo del dinero; la fascinación que produce en el tipo de personas ya caracterizadas por Maquiavelo. En 1620 Quevedo escribió: “Madre, yo al oro me humillo, | él es mi amante y mi amado | pues de puro enamorado | anda continuo amarillo | Poderoso caballero es don dinero”.
Entonces la riqueza provenía de la acción conquistadora, según el autor, de las Indias: “Nace en las Indias honrado, | donde el mundo le acompaña; | viene a morir en España, | y es en Génova enterrado…”.
En esos tiempos, cualquier aventurero podía abordar un barco y venir a “hacer fortuna” a América. En los Estados Unidos de finales del siglo XIX y principios del XX, surgió de poner en práctica ideas (Edison, Ford, etc.) y saberes para desarrollar tecnologías que derivaran en productos para los mercados.
En nuestro país, al contrario. Los primeros ricos formaron “su” fortuna gracias a los gobiernos. Primero, recibiendo dinero de “El Quinto” que los reyes españoles pagaban a la Real Audiencia por la contabilidad sobre el trasiego de oro desde América a España; segundo, por pagos originados en El Situado, una subvención económica anual de la corona, a través de las Cajas Reales de la Nueva España, a la Capitanía General de Santo Domingo. Desde finales del siglo XVI y principios del XVII, este situado ascendió, aproximadamente, a 250,000 reales, una suma que aún hoy se considera “inmensa”.
Sobre esos recursos cayó la acción depredadora de los corruptos. Desde entonces se reportaron fraudes en su gestión, los cuales adquirieron las siguientes modalidades: en la fundición y en el registro (El Quinto), mediante contrabando tolerado por funcionarios sobornados; en el Situado: registros falsos, soldados fantasmas (nómina sobrevaluada) y gastos irreales. Entre nuestros primeros corruptos, fray Bartolomé de Las Casas señaló a Cristóbal de Santa Clara, tesorero de Nicolás de Ovando. Y desde entonces, “Por ahí María se va”.
La corrupción que nos azota tiene su origen en el poder discrecional y exclusivo de los gobernantes para decidir hacia dónde dirigen las acciones, fondos y bienes públicos.
Algo que en manos del tipo de personas caracterizadas por Maquiavelo ha generado, en estas sociedades, una clara tendencia y cultura a saltarse las formalidades, las normas, las leyes, los convencionalismos y los dictados de la prudencia. A tal grado que poco importa ya que la información suplida sobre la corrupción esté revestida o no de credibilidad o verosimilitud: Por efecto de esto, la clase política constituida en gobernante inaugura y desarrolla, desde el ejercicio del Poder, un nuevo tipo de teatro de la crueldad, caracterizado por su abierto desparpajo e indiferencia ante el grado de ofensa que hacen a sus espectadores mayoritarios: las clases medias y los humildes y desamparados ciudadanos.
Hoy hace falta mucha gente empoderada en el gobierno capaz y deseosa de servir a la nación dominicana, para elevarla un peldaño más hacia un bien general tangible, a favor de los ciudadanos.
Quienes entre los cincuenta y los setenta del siglo pasado alcanzaron sus entonces promisorias adolescencias y juventudes y las dedicaron a forjar una sociedad donde la dignidad de las personas, la igualdad de oportunidades y la justicia fueran las luces refulgentes en el mar proceso y violento océano de aquellos días no pueden hacer silencio. Dirán, sin dudas, “No fue por esto por lo que tanto entregamos. No fue para venir a este punto de lamentable y vergonzante descalabro que tantas tentaciones de riqueza fácil superamos; que tantas ofertas de delincuencia rechazamos”.

