PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

Cada bautizado participa en la victoria de Cristo sobre el mal

Sorprende que en todo bautizo de niños inocentes se hable de pecado y maldad. Considere este hecho: a esa bebita ya le han puesto cuatro o cinco vacunas. Ella nació sanita, pero está expuesta a toda una serie de organismos nocivos. Nadie duda de que en el mundo hay agentes patógenos.

Con realismo hay que reconocer que en el mundo hay maldad, egoísmo, actitudes soberbias y prioridades equivocadas. Si no fuera trágico, da risa el ver cómo jugamos pelota en terrenos con líneas de foul derechitas, que impiden las trampas y vivimos en sociedad, resignados a una justicia torcida, que castiga al honrado y deja impune al criminal. Se botan toneladas de alimentos en un mundo donde hay niños muriendo de hambre.

El pecado se menciona en el bautismo, no porque esa criatura haya cometido algún pecado, sino porque todos, también esa bautizada, estamos expuestos a dinamismos y estructuras donde la maldad cristaliza y nos asedia con sus falsas propuestas de poder y placer. Se habla de pecado, porque todo ser humano, aunque no esté completamente dañado, tiene inclinaciones que pudieran destruirlo, cerrándose al Evangelio.

En el bautismo, el niño participa de la victoria de Cristo sobre el mal y su dominio. Todos somos asediados por las tinieblas, pero por el bautismo, Cristo nos arranca del dominio de las tinieblas y nos hace ciudadanos el Reino de su luz admirable.

Hay un momento en el bautismo en el cual la Iglesia ora por el niño que es bautizado para que el dominio del mal no se adueñe de él. Se ora en nombre de Jesús, vencedor del mal. Eso se llama un “exorcismo”. La niña está vacunada, porque los gérmenes son reales. La Iglesia ora por la niña, porque la maldad también es real.

Para simbolizar la fortaleza de Cristo, el ministro del bautismo unge con aceite el pecho de la criatura. En la antigüedad, los luchadores ungían su cuerpo con aceite para flexibilizar sus músculos para la pelea. La Iglesia ora por el bautizando y lo unge para fortalecerlo y prepararlo para la lucha contra el mal que durará hasta el final de su vida.

Jesús oró así por sus discípulos: Padre, “no te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal” (Juan 17, 15).

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