Enfoque
La visita de Pete Hegseth
En la visita del Secretario de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth, este dejó una afirmación que resonó en los cuatro puntos cardinales de RD, fue su reconocimiento explícito a la Cruz y la Biblia presentes en la Bandera Nacional, “como tenía que ser”.
Para un país cuya identidad histórica, cultural y constitucional se sustenta en la tradición cristiana, no se trató solo de una cortesía diplomática, sino de un gesto de comprensión hacia lo que somos como nación.
En tiempos donde muchos gobiernos occidentales optan por invisibilizar sus raíces, resulta significativo que un funcionario norteamericano subraye su admiración por el cristianismo que profesa la República Dominicana.
Hegseth reconoció que la fortaleza moral del país, su estabilidad democrática y la resiliencia de su tejido social se sostienen en valores que provienen de la fe cristiana y de la cosmovisión occidental que la acompaña.
Ese reconocimiento externo no debe tomarse a la ligera. Más allá del intercambio diplomático y militar, la afirmación de Hegseth confirma algo que a veces en casa se olvida: la identidad es un activo estratégico.
La República Dominicana es uno de los pocos países del hemisferio donde la cultura cristiana sigue siendo mayoritaria, coherente y funcional al orden público, al equilibrio social y a la estabilidad institucional.
Por eso, cuando se habla de temas sensibles como la posible construcción de mezquitas con financiamiento e ideología externa, como la proyectada en Punta Cana, la discusión no puede reducirse a un trámite de permisos municipal
Las experiencias internacionales muestran que, en no pocos casos, ciertos centros de culto terminan funcionando como “nodos de infiltración islamista”, plataformas de proselitismo radical o instrumentos de presión cultural dirigidos desde el extranjero.
Se trata, por tanto, de un asunto de seguridad nacional, no de intolerancia. La República Dominicana siempre ha sido un país abierto, hospitalario y respetuoso de la libertad religiosa. Pero ese mismo espíritu no puede confundirse con ingenuidad geopolítica.
Si un alto funcionario de EE.UU. (una potencia marcada por intensos debates internos sobre multiculturalismo e islamismo radical) reconoce el valor estratégico de la identidad cristiana dominicana, ¿por qué nosotros habríamos de ignorarlo?
La visita de Hegseth y sus palabras sirven como recordatorio de que la RD posee una identidad definida y respetada internacionalmente, y de que esa identidad es un factor de estabilidad continental.
La evidente preocupación del tejido social dominicano por la infiltración islamista se acrecienta al ver que países europeos, después de décadas de permisividad, hoy enfrentan tensiones sociales, enclaves culturales paralelos y desafíos a su propio orden estatal. Por tanto, la República Dominicana no está en temperamento de repetir ese error.
Defender la cultura e identidad cristiana del país es una política pública sensata. Por eso, el debate sobre la instalación de mezquitas debe abordarse con criterios de seguridad y con una clara comprensión de los riesgos asociados a financiamientos externos que buscan expandir agendas político-religiosas disfrazadas de libertades civiles.
En este contexto, las palabras de Pete Hegseth no solo honran nuestros símbolos patrios, también nos invitan a reforzar la vigilancia sobre proyectos que, bajo apariencia religiosa, puedan representar riesgos para el orden, la seguridad y la coherencia cultural del país.
La República Dominicana tiene derecho (y el deber) de preservar su identidad, proteger su estabilidad y evitar importar conflictos ajenos. Y hacerlo no es cerrar puertas: es garantizar que la nación siga siendo, como hasta ahora, un punto de equilibrio en un continente cada vez más incierto.v

