enfoque
Culturas urbanas
Tomó bastante tiempo reconocer su incidencia, pero en las evaluaciones actuales de los procesos de desarrollo económico, las tradiciones culturales ocupan un lugar prominente. Esto así pues se ha constatado que para salir de la pobreza se necesita más que invertir en fábricas, plantar árboles o construir obras de infraestructura. Sin un componente humano con actitudes propicias, el progreso económico se desvincula del adelanto social.
Una transformación significativa ha estado ocurriendo en cuanto a esas tradiciones culturales en países como el nuestro. Años atrás, cuando la mayor parte de la población vivía en las áreas rurales, la cultura campesina derivada de las labores agropecuarias era determinante. Existía también, por supuesto, una cultura urbana con matices propios, pero ésta era influida poderosamente por la progresiva llegada de personas desde las demarcaciones rurales, siendo ésta la mayor fuente del crecimiento demográfico de los pueblos y ciudades. Era tanto así que se decía con frecuencia que si alguien mostraba un comportamiento inusual, poco adaptado al estilo de los demás, parecía haber recién llegado del campo.
En ese entonces eran relevantes las conclusiones del economista James Ang, quien postuló la existencia de una relación entre el nivel de individualismo en la cultura de un país, y los tipos de cultivos agrícolas mayoritarios. Los cultivos menos dependientes de métodos productivos que requieren esfuerzos laborales colectivos, generan actitudes más individualistas, y éstas se esparcen a las áreas urbanas vía las personas que se trasladan hacia ellas, moldeando de ese modo el comportamiento de la población.
Ya no sucede de ese modo. En paralelo con la reducción en el porcentaje del PIB originado en las zonas rurales, las ciudades generan ahora su propia dinámica demográfica, creando patrones de comportamiento moldeados por otras influencias. En nuestro caso, se observan las procedentes de los EE.UU., empujadas por la emigración a ese país, y las traídas por los inmigrantes procedentes de Haití. La transformación a ese respecto podría ser visualizada como un factor de desarrollo, en la medida en que se diversifican los esquemas culturales vigentes, abriendo oportunidades para que su interacción genere actitudes más flexibles que las previamente derivadas de la cultura rural campesina.
Pero ese cambio no es universalmente alabado. Hoy en día, aquí y en muchos otros países, si la transformación ocurre debido a que la cultura local está siendo modificada o reemplazada por influencias externas, el proceso tiende a ser considerado nocivo, y provoca reacciones que reclaman medidas para combatirlo.

