Enfoque
Una respuesta al alcalde Santiago Riverón
Lo que está ocurriendo en Dajabón es profundamente preocupante.
El alcalde Santiago Riverón ha entrado armado a lugares donde ciudadanos haitianos —regulares o irregulares— comparten, comen o hacen música, gritando “váyanse a hacerlo en Haití”.
Un acto así no representa defensa del pueblo, sino la búsqueda de capital político alimentando la división.
Es cierto que muchos haitianos viven en la zona fronteriza sin documentos, y el Estado dominicano tiene todo el derecho de aplicar sus leyes migratorias.
Pero hacer cumplir la ley no justifica la violencia, la humillación pública ni la pérdida de humanidad.
Un verdadero líder aplica las normas con justicia y respeto, no con intimidación ni espectáculo.
Lo más irónico es que esa misma frontera de Dajabón es el corazón del comercio domínico-haitiano, donde cada semana se realizan las mayores ventas de productos dominicanos hacia Haití.
Miles de haitianos cruzan legalmente para comprar arroz, cemento, harina, ropa, frutas y materiales de construcción.
Ese comercio beneficia directamente a la economía local, ya que solo los dominicanos pueden vender en ese mercado binacional, generando ingresos, empleos y movimiento financiero para cientos de familias en Dajabón.
En lugar de valorar esa relación económica que fortalece la provincia, el alcalde Santiago Riverón ha optado por la persecución y la humillación, exponiendo al mundo una imagen de intolerancia que afecta la marca nación de la República Dominicana.
Un país que busca atraer inversiones, turismo y respeto internacional no puede permitirse ser representado por líderes que actúan con imprudencia y falta de visión.
Y mientras tanto, la ciudad que el señor Riverón dirige tiene mucho por atender antes que dedicar esfuerzos a la persecución de ciudadanos haitianos que viven o trabajan en la frontera.
El uso de la fuerza política o mediática para promover rechazo o miedo no fortalece la autoridad, la debilita.
Recordemos que tanto la República Dominicana como Haití son miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y han firmado tratados que garantizan:
- El derecho a la vida, la seguridad y la integridad personal (artículo 3 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos);
- La prohibición de la discriminación por nacionalidad o condición social (artículo 1);
- El derecho a la dignidad y a la reunión pacífica (artículos 11 y 15).
Por tanto, usar el tema haitiano como herramienta política o excusa para la violencia constituye una violación directa de esos compromisos internacionales.
La migración irregular debe ser tratada con políticas firmes y responsables, pero nunca a costa de la dignidad humana ni de la coherencia diplomática.
La frontera no debe ser una zona de odio, sino un puente de cooperación y desarrollo.
Haitianos y dominicanos comparten historia, comercio y hasta sangre.
La grandeza de un país no se mide por cuántos desprecia, sino por cómo trata a los más vulnerables.
Y la verdadera patria se defiende con sabiduría, responsabilidad y respeto, no con armas frente a las cámaras.
El autor es emprendedor haitiano en República Dominicana y en los Emiratos Árabes Unidos

