Desde mi pluma
A oscuras
El blackout de este martes nos teletransportó a décadas atrás, a esos años donde los apagones en este país eran el pan de cada día. La verdad es que, para muchos, la sensación se está tornando incluso repetitiva en los últimos meses.
Y bueno, algunos dirán: “fue un error, un fallo técnico, una avería, ya ha pasado antes, se resolvió pronto”, y muchos otros argumentos más que quizás podríamos comprar… si no se hubiese afectado a tantos dominicanos, a tantos negocios y a tantos servicios como ocurrió este histórico martes 11 de noviembre.
Hubiésemos podido aceptar la justificación todavía más si no estuviésemos sufriendo interrupciones eléctricas con tanta frecuencia como lo hemos hecho últimamente. Hubiésemos podido entender sin quejarnos en demasía si no estuviéramos soportando subidas ridículas e indiscriminadas en la tarifa eléctrica por un servicio que nos está fallando cada vez más.
Pero como la realidad es otra, tenemos todo el derecho de expresar nuestro malestar y demandar soluciones. No para salir del paso. No para pasar la página. Porque eso no bastará para quien vivió el trauma de quedarse encerrado en el metro o en un ascensor; para quien dejó de recibir atención en un hospital; para quien tuvo que caminar a oscuras largas distancias para llegar a su casa, exponiéndose a peligros porque su único medio de transporte estaba fuera de operaciones; para quien vio echarse a perder los pocos alimentos que tenía en su nevera sin contar con la posibilidad inmediata de reponerlos, porque aunque parezca exagerado esa es la realidad de miles de personas en nuestro país.
Tampoco bastarán informes y explicaciones llenas de tecnicismos para los comercios que perdieron clientes y cerraron más temprano; y, sobre todo, para el pensamiento colectivo de inconformidad de todo un pueblo que, aunque haya sido por unas horas, se sintió en franco retroceso y con hastío de la situación.

