Quien no vive para servir, ¿sirve para vivir?

Hay, en política, un axioma, una línea-fuerza organizadora y motivacional: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Es una frase tan fuerte como manida; santos y demonios la han llevado y traído; la llevan y traen en sus discursos y argumentos, reiterándola por doquier.

Hasta sería una frase bella, hasta inspiradora tal vez si bajo su apariencia de beatífica sonoridad no solapara ese utilitarismo tan propio de los procuradores de poder; del que parten y en el que desembocan las instrumentalizaciones de personas. Desde el salario a la esclavitud.

La instrumentalización está entre los motivos más comunes de las relaciones sociales: interpersonales e institucionales.

No hay duda, sin embargo, de que esa frase guía los desenvolvimientos, ahí.

Con ella es posible actuar, enfrentando y asumiendo cada minuto de cada día. Parecería decir sobre el amor; querer motivar compromisos sociales, la vocación de perfectividad y, tanto como esos, a ser útiles y válidos desde el ojo y necesidades de otros, individuales y colectivos. Sugiere, en fin, un compromiso: salir de sí mismos y concretar, al menos en alguna medida, como presencia que desde las satisfacciones de otros se explica.

Quizás sea pedir demasiado, protestarían algunos. Al hacerlo, llevarían razón. Diga: ¿quién garantiza que la calle en que esta frase se pronuncia de doble vía es? O ¿de todo bien que se hace, ningún pago hay que esperar?

Entonces, la puerca retuerce el rabo, el avaro increpa: Todo me debe costar ná! El explotador: ¡Debe ser gratuito el trabajo que para mí realizan los demás! Y el político, el instrumentalizador soberbio legislará: ¡Todos han de dedicar sus vidas a encumbrarme, llevarme al Poder!

Entonces, que la política diga “Quien no vive para servir no sirve para vivir”, es un maniqueísmo utilitarista e instrumentalizador salvaje. Porque, ¿para servir a quien desea el Poder que la gente viva?

Para servir a él, desviviendo, y ya.

Cuando alguien declara Acogí esa frase hasta grabarla como fuero y ardor crepitante en la íntima convicción; enmarca y encauza los actos y el soñar, sólo recibe el camino hacia las puertas de salida de instituciones y almas, por más discursos sobre ética que se pronuncien y escuchen, abajo o en las cumbres del Poder.

La razón es simple: la política se define y se quiere marginada de eticidad. Sin apego a convicciones, libre de observar las convenciones sociales y las reglas que están más allá de lo que en los códigos y constituciones escribieron y votaron los legisladores.

Esa frase, bella, entonces puede ser imposible de aceptar.

En otros, sin embargo, refulgiría, diáfana e inspiradora. En el hogar, por ejemplo. Vivir para servir a los amados. Aunque, ojo, también en el espacio doméstico alguien se pretenderá como a quien se debe servir.

Por eso es mejor servir a los abstractos. Estos ideales que mueven cada acción de cada quien en todo lugar. Existe sin conflictos pues su precondición es aceptar las consecuencias. Todo acto tiene efectos que no se deben soslayar, nos explica.

La lluvia crea poesía al caer. Aconseja: vive para servir al espíritu que conoces. Solo a Él.  ignnova1@yahoo.com