EDITORIAL

Un “martes negro”

El país despertó ayer de una pesadilla colectiva que puso al descubierto la fragilidad sobre la que se sustenta nuestra vida cotidiana.

El colapso total del sistema de generación eléctrica no fue una simple interrupción del servicio.

Fue un episodio de trastorno general sin precedentes recientes que sumió a la nación entera en un estado de confusión, ansiedad e incertidumbre.

Durante horas, el país se detuvo, mostrando con crudeza hasta qué punto dependemos de un recurso que, demostramos, no estamos en capacidad de garantizar.

Afortunadamente, no se registran pérdidas humanas que lamentar, un hecho que no puede sino celebrarse.

Sin embargo, minimizar lo ocurrido como un "apagón" fortuito sería un error de graves consecuencias.

La cadena de eventos, iniciada por una avería en plantas de generación de San Pedro de Macorís, revela una vulnerabilidad sistémica inaceptable.

Que un incidente focalizado pueda desencadenar un efecto dominó de semejante magnitud es la prueba irrefutable de que los mecanismos de contención y redundancia del sistema han fallado estrepitosamente.

En Santo Domingo y Santiago, los sistemas de transporte masivo como el Metro y los Teleféricos quedaron inutilizados, dejando a ciudadanos varados y abandonados a su suerte.

El colapso del tránsito por la falta de semáforos, y las angustiosas escenas de personas atrapadas en ascensores, dibujaron un panorama de descoordinación y vulnerabilidad que no puede quedar en el olvido.

Un país que aspira a un desarrollo sostenido no puede depender de un castillo de naipes energético.

Es imperativo que este colapso dé lugar a un reajuste estratégico de todo el sistema eléctrico nacional.

El país no puede permitirse otro "martes negro" como el de ayer , cuya lección, grabada a fuego en la experiencia de millones, indica que la prevención y la inversión estratégica no son un gasto, sino el seguro más vital para nuestro futuro común.