VIVENCIAS

Escalada sin mérito

Dos hombres deciden escalar una montaña. Ambos parten al amanecer, con igual entusiasmo y la misma meta: llegar a la cima. Uno estudia el terreno, mide sus fuerzas y confía en su preparación

El otro, sin decirlo, conoce un sendero oculto que acorta el esfuerzo. 

Mientras el primero asciende con constancia, el segundo avanza sin dificultad, convencido de que la astucia también puede llamarse talento.

Cuando el sol alcanza su punto más alto, el que tomó el atajo ya descansa en la cumbre. 

El otro sigue subiendo, lento pero firme, ignorando que la meta ha sido alcanzada por quien menos la merecía. 

Al llegar, comprende que el mérito no siempre premia al capaz, sino al que mejor manipula las circunstancias para aparentar capacidad.

Así ocurre también en la vida. Muchos ascienden no por mérito, sino por maniobra. Dominan el arte de agradar, de fingir eficiencia, de mover hilos invisibles hasta convertir la conveniencia en virtud. Son los escaladores modernos, expertos en simulación, que confunden habilidad con engaño y poder con éxito.

Pero la montaña —como el tiempo— no se deja engañar. Sabe quién sostuvo su paso en la roca y quién subió aferrado a la intriga. Tarde o temprano, la verdad alcanza a todos.

Hoy asistimos a esa misma escena en instituciones, empresas y gobiernos: se premia la astucia sobre la integridad, el cálculo sobre la capacidad. Y mientras el mérito espera su turno, la mediocridad celebra su triunfo.

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