SIN PAÑOS TIBIOS
“España en el corazón”
Tal día como hoy, hace 25 años, tomé el vuelo que me llevaría a estudiar a Madrid, esa hermosa ciudad a la que siempre se vuelve. El día de mi llegada –17 de septiembre– quedaría indisolublemente vinculado a “La Vuelta de España”, pues ese día los ciclistas asaltaban Madrid, y tuve que caminar muchas cuadras con la maleta al rastro, porque el taxista no pudo acceder a lo interno del perímetro establecido.
Un cuarto de siglo después, “La Vuelta de España” no pudo ser. No exactamente por una Guerra Civil (como entre 1936 y 1941), pero sí por la misma razón que en aquel entonces desencadenó la guerra: la cerrazón ideológica y el radicalismo de unos extremos, que, sólo desde la irracionalidad, encuentran razón de ser.
Los Juegos Olímpicos se celebraron ininterrumpidamente entre el 776 a.C. y el 393 d.C., e incluso durante la Guerra del Peloponeso –la lucha terrible entre Atenas y Esparta– fue rigurosamente respetada la “tregua olímpica”, en el entendido de que las celebraciones deportivas eran sagradas.
En esencia, el espíritu deportivo trasciende mezquindades, coyunturas y circunstancias de la política ordinaria, y se encumbra por encima de las veleidades humanas, apelando a los mejores valores que nos unen y nos igualan. Por esta razón, las competiciones deportivas son vistas como justas entre iguales, a través de las cuales pueden “dialogar” naciones que se enfrentan en otros lugares. Verbigracia, la diplomacia del Ping–Pong, o, en ajedrez, el “Match del Siglo”, entre Ficher y Spassky.
La tradición de 1,170 años de tregua olímpica ininterrumpida atestigua que –incluso con altas y bajas de las guerras mundiales o la Guerra Fría–, el deporte ha sido visto como una manifestación humana ajena a la guerra que tiende a unir, no a separar.
Por eso sorprende el bochornoso final de “La Vuelta a España” de este año (3,138 km.), que tuvo que suspenderse a escasos 56 kilómetros de la meta, luego de que una marcha convocada por la plataforma BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel) transgrediera los límites autorizados y violentara el evento, lo que supuso la intervención de más de 1,000 efectivos policiales y conllevó el cese abrupto del evento.
Que el propio presidente del gobierno español –Pedro Sánchez– diga que “hasta que no cese la barbarie, ni Rusia ni Israel deben estar en ninguna competición internacional más”; o, que extiende su “admiración al pueblo español que se moviliza por causas justas como la de Palestina” –en desmedro del propio Estado de derecho que él está llamado a salvaguardar–, lo dice todo.
Volver a la historia nos enseña que, aún en épocas pasadas donde la barbarie de la guerra nos haría ver el genocidio y limpieza étnica en Gaza como un juego de niños; el liderazgo político de entonces supo separar el deporte de todo lo demás. Lástima que nuestros modernos líderes no aprendan de los “salvajes” de entones.

