Vivir de subsidios… y morir de deudas
Ningún país se hace rico repartiendo dinero prestado.
En la República Dominicana, los subsidios que alivian hoy hipotecan el mañana. Lo que debió ser un apoyo temporal en tiempos de crisis terminó convertido en el corazón del gasto público. En 2024, el Estado destinó más de US$3,000 millones a combustibles, electricidad, bonos sociales y transporte. Para 2025, el presupuesto en obras de capital subió un 20 % (unos RD$35,500 millones adicionales), alcanzando RD$211,586 millones. Sin embargo, aun con ese incremento seguimos cortos frente a las necesidades de infraestructura: sostenemos el presente, pero aplazamos las transformaciones que elevarían productividad y bienestar.
Ayudar a los más vulnerables es justo; normalizar un modelo financiado con préstamos, no. Hoy cerca del 63 % del PIB está comprometido en deuda pública y solo los intereses absorben alrededor del 28.8 % de los ingresos del Estado (unos US$3,300 millones al año). Es una rueda que no produce: pedimos prestado para subsidiar el presente y dejamos la cuenta al futuro.
Subsidios que no
crean riqueza
Los subsidios deberían ser temporales y focalizados. En la práctica, muchos terminan beneficiando a quienes podrían sostenerse sin ellos y fomentan dependencia.
Energía: pérdidas superiores a US$1,500 millones por consumo no pagado, con conexiones ilegales y débil fiscalización.
Combustibles: se mantienen precios artificiales en lugar de apostar por un transporte colectivo eficiente.
Programas sociales: alivian la pobreza extrema, pero sin capacitación ni acompañamiento productivo perpetúan el asistencialismo.
El resultado es visible: millones reciben ayudas y, aun así, persisten apagones, transporte caótico y alimentos caros. Más de 1.6 millones de familias reciben asistencia; sin embargo, la pobreza multidimensional apenas bajó 1.3 % en dos años. Gastamos mucho y avanzamos poco.
El espejo regional
En la región encontramos ejemplos de equilibrio:
Costa Rica vinculó sus programas de ayuda a la formación técnica y al empleo formal, reduciendo la pobreza en más de 4 puntos en una década.
Panamá limitó los subsidios a combustibles y priorizó infraestructura con capital privado, atrayendo inversión y dinamizando su economía.
El Salvador focalizó apoyos en los más vulnerables, recortó gasto improductivo y mejoró su balance fiscal.
La pregunta es inevitable: ¿seguiremos ampliando subsidios o daremos el salto a la producción?
La cuenta llega
Cada subsidio financiado con deuda compromete ingresos futuros. Si persistimos en este modelo, la deuda podría acercarse al 75 % del PIB hacia 2030. Quienes hoy reciben ayuda terminarán pagando intereses mañana… con menos empleos, más impuestos y más exclusión.
Para ilustrar el costo: con lo que se destina a subsidios eléctricos en un año se podrían construir tres hospitales regionales o más de 100 escuelas nuevas. Esa es la magnitud de lo que estamos sacrificando.
Qué debemos hacer
1. Focalizar: cerrar filtraciones y clientelismo con padrones auditados y cruces de datos.
2. Reasignar: mover una fracción de subsidios hacia proyectos productivos que generen empleo formal (transporte masivo, energía renovable, riego, tecnificación agrícola).
3. Sostener ingresos: combatir la evasión e informalidad para no depender de la deuda.
4. Poner metas y salidas: todo subsidio debe tener objetivos medibles, evaluación semestral y fecha de caducidad.
Reflexionemos… antes de que sea tarde
Entre tú y yo, vivir de subsidios y deudas es como tapar el sol con un dedo: da sombra un instante, pero luego llega la oscuridad. Hoy debemos elegir: o seguimos gastando en parches que hipotecan el futuro, o invertimos en soluciones duraderas que construyan un país más justo, productivo y con oportunidades para todos.
joaquinjoga@gmail.com

