VIVENCIAS
Instrucciones para olvidar al Quijote
Fernando Savater advirtió alguna vez que el Quijote no es solo un clásico de la literatura, sino un espejo incómodo en el que todavía se reflejan nuestras contradicciones. En su ensayo Instrucciones para olvidar al Quijote (Madrid: Santillana, 1995) recordó que, si de verdad quisiéramos desprendernos de la huella cervantina, habría que renunciar a muchas de las formas en que concebimos la vida, el humor, la ironía y hasta la dignidad humana. Pretender olvidarlo es, en realidad, una utopía.
La paradoja está en que Savater propone un ejercicio de olvido para demostrar lo inolvidable. ¿Cómo deshacerse del caballero que se enfrentó al mundo armado solo con su imaginación? ¿Cómo borrar al hidalgo que, desde su locura, defendió causas imposibles con más cordura que muchos cuerdos? Intentar olvidarlo es recordarlo con más fuerza.
El Quijote no es únicamente un libro: es una pedagogía de la desobediencia. Leerlo es aceptar que la vida no se mide solo por resultados, sino también por el valor de otorgar sentido a los gestos. Savater lo sintetiza bien: la grandeza del caballero no estuvo en derrotar gigantes, sino en atreverse a nombrarlos.
Por eso, las “instrucciones para olvidar” funcionan como una provocación. Nadie puede borrar al Quijote sin borrar también la tradición de rebeldía, esperanza y humor que le acompaña. Esa es, tal vez, la razón por la que Cervantes sigue cabalgando cuatro siglos después, hablándonos con la frescura de lo eterno.
Al final, dejar atrás el mito manipulado es volver a la novela inmortal que cuenta su travesía y reconocernos herederos de una tradición luminosa, humanista y, sobre todo, profundamente vigente.

