VIVENCIAS

La herencia que no cabe en un regalo

Hace veintiún años, como un destello inesperado, una pequeña vida se abrió paso en medio de la fragilidad. Solo la gracia de Dios le permitió atravesar cada dificultad y permanecer. La Virgen María, con ternura silenciosa, la señaló con su sello. Desde entonces, esa vida ha crecido hasta convertirse en una bendición inagotable, colmando con amor todo cuanto alguien podría anhelar.

Hoy, aquella niña escribe. Y lo hace para quien ha sido guía, ejemplo y cómplice: su abuelo. La carta que envía en el Día del Padre es testimonio vivo de afecto y gratitud.

Abuelo, en este día tan importante no puedo dejar de escribirte. Tal vez no sea un regalo ostentoso, pero nace del corazón y está lleno de amor. Para mí eres un ejemplo de esfuerzo constante, estudio, dedicación, vocación, tenacidad, paciencia y, sobre todo, sabiduría y experiencia.

Gracias por creer en mí, por ayudarme y enseñarme que casi nada es imposible. Gracias por darme el honor de ser tu nieta y “novia” —aunque mi Buelita siga en primer lugar, como siempre. Gracias por inculcarme que la constancia hace al maestro, por hacerme reír con tus bromas hacia Bueli, y por permitirme ser testigo de una historia de amor y complicidad tan hermosa.

A veces no lo digo tanto como debería, pero anhelo tener una relación tan firme y hermosa como la de ustedes. Me llena de orgullo ser la niña de tus ojos y de tus sueños. Verte escribir, perseverar y luchar sin descanso es una inspiración constante para mi vida.

Te adoro.

Meli