Desde mi pluma
¿Qué es lo que importa?
El reciente nombramiento de Magín Díaz como Ministro de Hacienda ha desatado una ola de críticas, no por su historial profesional, sino por algo que me resulta sencillamente tonto: que no pertenece al Partido Revolucionario Moderno (PRM). Al parecer, para algunos políticos, el mérito ha dejado de importar si no viene acompañado de una membresía partidaria.
Es cierto que para llegar al poder se necesita una estructura política. No se llega a gobernar desde el aire. Pero una vez se alcanza ese poder, ¿qué debe primar al momento de designar a un funcionario público? ¿La lealtad política o la preparación técnica? ¿El color de una bandera de partido o la capacidad de asumir una responsabilidad?
No estoy diciendo que Magín Díaz sea el más capacitado del país para manejar las finanzas públicas. Tampoco pretendo hacer mención de su historial, que incluye gestiones bajo distintos gobiernos. Pero si algo debería preocuparnos como ciudadanos, es si la persona que ocupa un cargo tiene las capacidades necesarias para ejercer con eficiencia esa posición tan importante.
Lo más alarmante es que son los propios políticos quienes fomentan estas prácticas detractoras. El argumento de que “debieron nombrar a uno de los nuestros” muestra una postura clientelar ante el poder, como si el Estado fuera un botín a repartir entre los que ayudaron a ganarlo. Como si no tuviéramos ya suficientes ejemplos de figuras con arrastre, popularidad y respaldo electoral que, al llegar al cargo, simplemente no dan la talla.
La función pública debe dejar de verse como una recompensa, y comenzar a verse como lo que es: una responsabilidad. La política no puede seguir alimentando esta forma de pensar. Necesitamos gente que responda más a las necesidades del país que a los intereses de un partido.

