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Puntos de vista sábado, 01 de octubre de 2022

MIRANDO POR EL RETROVISOR

La desprotección tan visible en sus arrugas

  • La desprotección tan visible en sus arrugas
Juan Salazar
juan.salazar@listindiario.com

La pasada semana acudí a un banco a realizar una de esas transacciones que todavía no están disponibles a través de sus plataformas digitales.

Me encontré dos filas casi igual de extensas para acceder al banco, una para clientes regulares y otra destinada a los adultos mayores.

Pese a tener el “privilegio” de un cajero especial para el retiro de sus fondos, la mayoría de ellos por su condición de pensionados, esos adultos mayores tuvieron que someterse a una fila fuera y a otra dentro de la entidad bancaria, que les resultó tortuosa por sus limitaciones físico-motoras.

Traigo a colación esa realidad, de muchas que enfrentan a diario las personas de la llamada tercera edad, porque cada 1 de octubre se conmemora en el mundo, a través de la resolución 45/106 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Día Internacional de las Personas de Edad.

En el plano local se recuerda la fecha como el Día Nacional del Envejeciente, instituido mediante la Ley 352-98 sobre Protección de la Persona Envejeciente.

Como siempre ocurre para la ocasión, este año en la víspera porque la conmemoración caía sábado, se programaron actividades dirigidas a renovar promesas para ese segmento de la población tan olvidado, gobierno tras gobierno, en el diseño de las políticas públicas que garanticen la protección integral de los adultos mayores.

Conversaba la semana pasada del tema con el psiquiatra, militar y amigo Felipe Román, a propósito de una charla que ofreció el pasado viernes a adultos mayores, invitado por la Fundación Manos Amigas de San Carlos.

Llegamos a la conclusión de que la discriminación comienza desde el uso del término “envejeciente” para etiquetar a la población mayor de 65 años. El envejecimiento es un proceso indetenible desde el cigoto hasta que sobreviene la muerte, sin importar la edad. Así que niños, adolescentes, adultos y adultos mayores son todos envejecientes.

La propia Ley 352-98 usa ese término y la institución encargada en el país de diseñar y aplicar planes a favor de los adultos mayores, se llama incluso Consejo Nacional de la Persona Envejeciente (Conape).

Pero la desgracia de llegar a una edad avanzada en un país como el nuestro, que comienza con el sello de “envejeciente”, está ampliamente detallada en uno de los tantos bellos poemas plasmados en legislaciones, pero que en la práctica terminan siendo buenas intenciones inaplicables.

Para muestra algunos botones de lo que consagra la Ley 352-98 como prerrogativas de los adultos mayores: Derecho al trabajo, a servicios de salud y medicamentos, a su inclusión en la seguridad social, a la atención geriátrica y gerontológica, a permanecer en su núcleo familiar y comunitario, a la educación, cultura y recreación, a una vivienda digna y al libre y fácil acceso a servicios públicos y privados.

También derecho a una pensión cuando caen en situación de indigencia, desamparo o discapacidad, a la transición de la vida activa a la jubilación de manera fácil y gradual, a ser tratados con respeto, a la movilidad y comunicación sin traumas en espacios públicos y privados.

El artículo 46 de la ley consagra otros derechos especiales, como dotarles de un carné para garantizar los siguientes beneficios: Un descuento del 30% en los precios que se cobren como entrada general o tarifa económica en las actividades de recreación y entretenimiento; Descuentos de 20 y 30% en el servicio de transporte público, descuento de 15% en los servicios médicos de hospitales y clínicas privadas, descuento de 10% en las consultas, descuento de un punto porcentual en la tasa de interés de los préstamos hipotecarios de vivienda para uso propio y exoneración total del monto que se cobre por concepto de matrícula y mensualidades en las instituciones estatales de educación.

El Conape está integrado por una diversidad de instituciones del Estado y el sector privado que deben reunirse una vez al mes de manera ordinaria para trazar políticas, planes, estrategias y programas específicos que garanticen la atención de la población mayor de 65 años.

Como puede observarse, se trata de una serie de conquistas que han quedado en letra muerta sin ninguna utilidad, pues la única gran verdad está planteada en uno de los considerandos de la ley, el cual expresa que este es el segmento de la población que requiere mayor atención por su naturaleza vulnerable y, en consecuencia, no puede ser objeto de discriminación alguna en razón de su edad, salud, religión, credo político o razones étnicas.

Aunque envejecer es un proceso natural, desde la concepción hasta la muerte y sin importar la edad, como apuntamos al principio, no todos llegan a esa etapa de la vida en idénticas condiciones.

Una persona sin cobertura de seguro médico, fuera de la seguridad social y sin acceso a medicamentos jamás podrá afrontar las enfermedades y otras limitaciones propias de la vejez, en iguales condiciones que otra con esas necesidades cubiertas.

Sé que sería un atrevimiento pedir la aplicación de una ley que llama a no perjudicar a las personas “envejecientes” en sus derechos fundamentales por negligencia, explotación y violencia.

Una norma con derechos que solo se traen a la memoria cada 1 de octubre, mientras el resto del año son tan ignorados el maltrato, la discriminación, la exclusión y la desprotección tan visibles en cada una de las arrugas de los adultos mayores.