La cercanía de un presidente

Emerson Soriano

Cuando era niño, escuché un relato del famoso predicador  puertorriqueño Paul Edwin Finkenbinder, llamado también el “Hermano Pablo”, en una de esas cápsulas que producía llamadas “Un mensaje a la conciencia”, en la que éste narraba que, en medio de un fuego ocurrido en la segunda planta de un edificio, se encontraba una niñita de unos seis años. Debajo estaba su padre, quien no podía subir a salvarla porque ya las escaleras estaban en llamas.

Sin embargo, el padre alcanzó a ver su pequeña que le llamaba desde el balcón desesperadamente. Había una humareda inmensa que impedía a la niñita ver su padre, pero él sí la podía ver a ella. El padre empezó a gritarle que se lanzara, que él la esperaba y la atraparía entre sus brazos. La niña le contestó que no podía hacerlo, pues no lo veía. Él insistió, dijo que se lanzara, asegurándole que podía hacerlo, pues, aunque ella no lo estuviera viendo, él la veía perfectamente y no permitiría que cayera al vacío. La niña, en un acto de fe singular, se lanzó y su padre la atrapó salvándole la vida.

La historia es comparable con la vivida por los dos hombres que permanecieron varios días sepultados vivos en una mina de Maimón. Sus días difíciles fueron días de extrema tensión vividos también por sus familiares y por todos los dominicanos de buen corazón. Cada amanecer, al despertar, nos preguntábamos ¿cómo habrán amanecido esas dos personas? Asumiendo alteridad, siempre se temió que desfallecerían y terminaran vencidos por su situación de encierro, presa de un ataque de pánico.

Con todo, los dos hombres se mantuvieron calmados siempre. Cada día que lograban comunicarse con ellos, se mostraron más relajados y confiados. Pero, si bien su propio temperamento los mantuvo en ese estado, no es menos cierto que, desde fuera, recibieron el apoyo, el calor y la solidaridad humanos que demandaban las circunstancias.

Y aquí es cuando cobra valor algo que todos vimos: La actitud de un Presidente de la República dispuesto a estar siempre próximo, atento a lo que sucedía con los dos hombres y promitente de un final feliz, lo que seguramente insufló a los mineros la seguridad necesaria para no colapsar.

No sabían qué se estaba haciendo afuera, pero su presidente les pidió que confiaran, y confiaron. Hay que felicitar al presidente. No escatimó esfuerzos y, junto a los demás concernidos en el rescate, los trajeron de vuelta.