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Puntos de vista viernes, 24 de junio de 2022

OTEANDO

La marca del sicariato

Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

 En los últimos días el sicariato ha co­brado varias vi­das. La última que ha estreme­cido el país fue la de Basilio Guz­mán, avezado abogado de la ciudad de Santiago, experto en Derecho Procesal Civil - y más particularmente en Vías de Eje­cución-, cuyo abolengo de im­placable litigante se conocía en toda la geografía nacional. Las investigaciones sobre su muer­te apenas comienzan, pero es una percepción generalizada que se trató de un asesinato, con la connotación que tiene la pala­bra en términos jurídicos, o sea, un tipo penal que se distingue del homicidio en que, mientras para este, el delito puede ser co­metido sin planificación previa, de modo voluntario e involun­tario -y hasta de forma excusa­ble-, en aquél, todo apunta a la causación de la muerte de una persona previamente planifica­da mediante una procesión de actos llamados preparatorios y que se lleva a cabo con premedi­tación, acechanza y alevosía, sin que admita ningún tipo de jus­tificante que exima de respon­sabilidad o la mitigue: excusa le­gal de la provocación, legítima defensa, preterintencionalidad, etc.

Con todo, si bien la califica­ción del tipo deviene relevante para los fines de la sanción a im­poner, lo cierto es que, en térmi­nos del impacto del crimen, los que cuentan, a partir de la cruel­dad manifiesta, son los múltiples efectos psicológicos y sociológi­cos que produce. Por ser ami­go de esa familia me presenté, tan pronto como me enteré de lo ocurrido, al hogar que com­partía con su esposa y sus hijos. Allí encontré a amigos comunes y también a desconocidos que compartían un estupor genera­lizado, al que forzosamente me sumé por influjo de la incerti­dumbre y de un ejercicio de in­advertida alteridad respecto de sus deudos, devastados por la marca del sicariato .

En La Ilíada Aquiles afirma “todos mueren un día”. Pero esa sentencia, por muy democráti­ca que haga a la muerte, no nos reporta ningún consuelo. Más bien, como mecanismo de de­fensa, consciente o inconscien­temente, nos pasamos la vida negando la muerte, hasta que un día nos sorprende. Y lo peor de todo es que, la seguridad que pretendemos, que tiene por co­rrelato la cesión de una cuota importante de nuestra liber­tad, se diluye en la expectati­va de promesas, no solamen­te insatisfechas, sino difíciles de cumplir, porque la causa fi­nal y eficiente del sicariato es el narcotráfico, un cáncer que ha hecho metástasis y deman­da ser extirpado desechando los temores, los del Estado y los del pueblo.