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Puntos de vista martes, 21 de junio de 2022

FUNDACIÓN SALESIANA DON BOSCO

El Herodes interior

  • El Herodes interior
P. José Pastor Ramírez

Los padres plantan en los hijos semillas mentales y emocionales, que pueden ser de amor, de respeto o de autonomía. Pero también, pueden sembrar el miedo, la represión o la culpa; el resentimiento, el dolor o la falta de comprensión.

En los padres que odian, se plantaron semillas de violencia, de cólera, de ira, de maldad, de envidia; dando origen a una especie de “Herodes interior”; este personaje, fuera de control y lleno de furia pone en zozobra a todo aquel que se encuentre en su camino, sin importar los vínculos afectivos; lo único que lo moviliza es el dolor de la herida sangrante que le generaron en la infancia con las críticas, la culpa, el descuido y los abusos; se sienten indignos, no queridos e inadecuados. Cuando el padre o la madre se muestran violentos, descargan sus sentimientos desagradables sobre los hijos o no les cuidan; difícilmente, los hijos, reconocerán el amor de los progenitores. Los hijos sufren en silencio el amor-odio.

Definitivamente, hay que quitarle la tapa emocional a la olla de presión que se denomina: negación. Cuanto más tiempo la dejamos puesta, más presión acumulará. El alivio de la negación es temporal. Esta es considerada la más perjudicial de las defensas psicológicas, porque se vale de una realidad ficticia para restar importancia al impacto de las experiencias dolorosas o, inclusive, para negarlas. Así olvidan, temporalmente, las acciones del “Herodes interior” de los progenitores. Sin embargo, la presión puede detonar y cuando esto acontece, se estará frente a una crisis emocional y se tendrán que enfrentar las verdades que desesperadamente se han tratado de evitar.

Los niños absorben los mensajes, tanto verbales como no verbales, de la misma manera que las esponjas empapan en forma indiscriminada los líquidos. Escuchan a sus padres, los observan y remedan sus comportamientos. A esto también se adiciona que, experimentan una inclinación natural a deificar a los propios padres, afirmando: “yo soy malo y mis padres son buenos”. Sin importar que estén siendo abusados.

Además, cuando los padres han ejercido la violencia o el maltrato de forma grave, los hijos no logran un equilibrio moral y ético, lo que los lleva a no poder organizar afectiva, emocional y espiritualmente su vida de forma equilibrada. Verificándose una incapacidad para conectar con los demás; mantienen relación con múltiples parejas, eligen personas controladoras, perfeccionistas, manipuladoras o tóxicas; asumen comportamientos, tales como: venderse, regalarse, ayudar, aunque no lo necesiten; exhiben conductas rebeldes y desconfiadas. Muchas conductas irresponsables o dañinas que se verifican en la sociedad, se originan en los enfrentamientos familiares. Esto es así porque una familia disfuncional genera un efecto similar al de un choque múltiple en la autopista: el daño que causa se extiende a muchas generaciones.

Los padres, en su afán de justificar su conducta abusiva, explican todo desde las crisis que están viviendo; asimismo, culpabilizan de la conducta agresiva a los propios hijos, “eres el culpable de que me enoje y te golpee” o “esto lo hago por tu bien”. Una realidad similar la vivió Salvador Ramos, quien perpetró la matanza en Texas.