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Puntos de vista sábado, 18 de junio de 2022

MIRANDO POR EL RETROVISOR

Cuando veas los centros educativos de tus vecinos arder…

  • Cuando veas los centros educativos de tus vecinos arder…
Juan Salazar
juan.salazar@listindiario.com
Santo Domingo, RD

Dos videos que se hicieron virales la pasada semana en las redes sociales deben mover a preocupación respecto a si estamos forjando estudiantes con los principios y valores que demandará la sociedad en los próximos años.

En uno de los videos tres jovencitas muestran su ropa interior y parte de sus glúteos mientras bailan dentro del aula de un centro educativo que todavía no ha sido identificado por las autoridades, pero que prometieron intervenir.

En el otro, estudiantes pertenecientes a un liceo del municipio Villa Riva, en San Francisco de Macorís, rompen sus mascotas y arrojan las hojas frente al plantel como señal de júbilo por el final del año escolar. El basurero que dejaron frente al plantel causó indignación.

En algunos audiovisuales, menos recientes, se observa a integrantes de bandas delincuenciales entrar armados de cuchillos y machetes para agredir a estudiantes dentro de los planteles.

Otros videos muestran peleas entre alumnos dentro y fuera de las escuelas y liceos, y hasta agresiones de estudiantes a profesores.

Leí decenas de comentarios de usuarios de redes sociales sobre esos episodios con variados razonamientos. “La educación ha experimentado un deterioro respecto a décadas anteriores”. “Eso ha pasado siempre, pero ahora se conoce porque hay redes sociales”. “La culpa es de los profesores que no inculcan valores a los alumnos”. “Hay que retomar la enseñanza de moral y cívica”, entre otros.

De que eso ha ocurrido siempre en los planteles, no es cierto.  En mi caso atesoraba mis cuadernos y libros. Llegué a conservar mascotas de mis clases de la primaria y el bachillerato aun cuando ya estaba en la universidad. Era una delicia darle una revisión de vez en cuando para recordar las clases impartidas y tareas asignadas.

Los libros era imprescindible cuidarlos porque pasaban de hermano a hermano ya que antes no se cambiaban cada año, como ahora. Para solo citar dos ejemplos, “Composición”, de Joaquín Añorga” (un libro de gramática) y el “Álgebra de Baldor”, los utilizamos todos en la familia sin que se deterioraran por el prolongado uso.

No es cierto que sobre los profesores deba recaer la responsabilidad de inculcar valores a los estudiantes. Aunque me consta que muchos lo hacen, se trata de una tarea propia del hogar que los padres han ido declinando, cediendo ese protagonismo a los “youtubers”, “influencers” y algunos cantantes urbanos, quienes ahora son los referentes de sus hijos.

Si estoy muy de acuerdo con la necesidad de fortalecer la enseñanza de moral y cívica, una diferencia válida entre los pertenecientes a las generaciones llamadas Baby Boomers y Equis cuando se les compara con los nativos digitales.

Hay que entender, sin embargo, que la educación no puede estar atada a esquemas del pasado, porque el auge de las tecnologías de la información y la comunicación plantean una realidad muy distinta a la que vivió mi generación.

Hay temas que se requiere llevar al debate dentro de las aulas, si queremos evitar los hechos bochornosos que con tanta frecuencia se airean en las redes sociales.

Entre ellos podemos citar el acoso escolar, generador de ansiedad, depresión, baja autoestima y hasta de suicidios entre estudiantes.

El uso consciente del internet bajo una supervisión estricta de los padres. Muchos niños, niñas y adolescentes usan sin ninguna restricción celulares, tabletas y computadoras, donde podrían desarrollar adicción por la pornografía y en el peor de los casos ser víctimas de pedófilos en la red.

El riesgo de las relaciones a temprana edad, los embarazos en adolescentes, la sexualidad, educación emocional para capacitar en el manejo de las crisis y conflictos, cultura de no violencia, trabajar en las conductas disruptivas que obstaculizan el proceso enseñanza-aprendizaje.

Lamentablemente, el curso de la sociedad termina reflejándose en los centros educativos, lo que ahora vemos en países desarrollados donde son tan frecuentes sucesos lamentables, propios de una arraigada cultura de violencia e intolerancia.

Todavía en República Dominicana no hemos llegado a esos niveles, pero si se observan atisbos preocupantes que merecen la atención de las autoridades educativas, sin demoras.

Poner en remojo los centros educativos del país, ahora que vemos a los de nuestros vecinos arder, sería actuar con sensatez y previsión.