OTEANDO

Esteban Díaz Jáquez, el filántropo

Emerson Soriano

Corría la déca­da de los se­tenta. Mi fami­lia vivía en el extremo oeste de la calle Manuel Ramón Roca de la ciudad de Daja­bón. Me tocaba hacer la ru­ta en sentido contrario para asistir a mi escuela, ocasión que aprovechaba para de­tenerme frente a la casa de doña Dominga Jáquez, con quien acostumbraba hablar de variados temas.

Era una mujer hermosa, de más o menos 1.80 metros, que mostraba una gran educa­ción y mejores modales. Fue la época de efervescencia políti­ca de los doce años de Joaquín Balaguer, en la que muchos coincidimos en un ideal de re­volución. Para entonces ya su hijo Esteban se nos había con­vertido en un paradigma, por su participación en las luchas por ese cambio tan anhelado.

Nunca olvidaré el día en que doña Dominga me comen­tó con orgullo que a su hijo, sus compañeros de escuela, le nom­braban por el calificativo de “el filántropo”, por el amor que siempre mostró hacia sus seme­jantes. El resto de la biografía de este hombre la aprendí a partir de la tinta del desapego a lo ma­terial, de la sencillez y del com­promiso social y político con que él mismo la escribió.

El sábado pasado me llegó la noticia de su fallecimiento dada por quien fuera mi con­discípulo, Jacobito Rivas. Ra­faela Blanco Genao marcó el detalle que distrajo mi alma en el abismo de una suerte de humana melancolía, por la connotación espiritual que envuelve: “ [...] sus ce­nizas serán esparcidas en El Pino, en el lugar donde que­daba la casa materna. Fue su decisión testamentaria”. Me llegó como la grandeza de un hombre expresada en la nostalgia de su dulce in­fancia.

La muerte quiso llevárse­lo. Pero como los grandes no mueren, su temerario proce­der me hizo evocar los desde­ñadores versos que le dedicara Donne: “Muerte, no te enorgu­llezcas, aunque algunos te ha­yan llamado poderosa y terri­ble, no lo eres; porque aquellos a quienes crees poder derribar no mueren, pobre Muerte; y tampoco puedes matarme a mí. [...] Eres esclava del desti­no, del azar, de los reyes y de los desesperados, y moras con el veneno, la guerra y la enfer­medad; y la amapola y los he­chizos pueden adormecer­nos tan bien como tu golpe y mejor aún. ¿Por qué te mues­tras tan engreída, entonces? Después de un breve sueño, despertaremos eternamen­te y la Muerte ya no existirá. ¡Muerte, tú morirás!”.