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Puntos de vista sábado, 28 de mayo de 2022

MIRANDO POR EL RETROVISOR

La levedad de sentirse aludido

  • La levedad de sentirse aludido
Juan Salazar
juan.salazar@listindiario.com

Siempre he sido muy respetuoso de mis colegas, aunque no esté de acuerdo con algunas de sus posiciones o la manera en que ejercen la comunicación social.

Para solo citar un ejemplo, soy renuente a asumir la dualidad de trabajar en un medio de comunicación y a la vez en el departamento de prensa de cualquier institución pública o privada, pero no cuestiono a quienes lo hacen. Es su derecho y lo respeto.

Muchas veces no estoy de acuerdo con las posiciones asumidas por algunos articulistas, pero respeto también el derecho a opinar contrario a lo que yo pienso. No suelo incluso responder a los juicios que emite cualquier figura pública o ciudadano común en las redes sociales, porque siempre he sido un celoso defensor de la libertad de expresión, aunque a veces en las plataformas digitales no se observe ese derecho con el debido respeto.

Claro, es diferente cuando en esos juicios o posiciones aluden directamente a mi persona, como fue la reacción del colega Nelson Marte, asesor de comunicaciones y prensa de la Presidencia, a mi artículo publicado el pasado domingo en LISTÍN DIARIO bajo el título “La odiosa levedad de los políticos”.

Me halaga tener entre mis lectores al periodista Marte, a quien no conozco personalmente, pero no entiendo por qué se sintió aludido, ya que en mi artículo no mencioné al político ni al partido que tan ardorosamente defiende en una carta de respuesta enviada al medio donde laboro.

Planteé que la levedad de los políticos, especialmente cuando ejercen el poder, les lleva a gobernar a la primera, sin preparación y sin planificación.

Argumenté que la continuidad del Estado es una utopía porque cada partido tiene su propio librito que contiene las obras, normas y su arte de gobernar, aunque con algunos estilos comunes a todos, como por ejemplo la apelación al populismo.

Es una práctica que el propio Marte admite en su carta cuando afirma que es “un pecado mortal típico de los gobiernos en nuestros países subdesarrollados”.

Ignoro si el gobierno de turno tendrá éxito con el manejo de los apagones o si observará la continuidad del Estado y terminará todas las obras que dejó inconclusas la pasada gestión, otro planteamiento que disgustó a Marte respecto a la actual administración, aunque no la mencioné directamente.  Eso es algo que todavía está por verse.

Marte me acusa de caer en la levedad de la generalización, pero como no hacerlo si a lo largo nuestra historia es el comportamiento casi unánime que hemos observado en nuestros políticos y los partidos, sin importar que sean “bolos o coludos”, “rojos y azules” y ahora “blancos, rojos y morados” o los que se han desprendido de las organizaciones que se identifican con esos colores.

Quienes han intentado asumir un comportamiento diferente tuvieron que renunciar o fueron víctimas de golpes de Estado, como los casos de Ulises Francisco Espaillat y Juan Bosch, para citar solo dos.

Pensé que líderes de otros partidos o alguien que haya trabajado desde el poder para ellos podrían haberse sentido incluso más aludidos con los juicios emitidos en mi artículo que el colega Marte. Si a él le sirvió mucho más el sombrero y se lo puso, o le picó y se rascó, pues lo siento mucho.

Si reitero que un acuerdo nacional sobre lo que queremos como nación, evitaría la excusa de culpar al gobierno anterior por los desaciertos del que ejerce o de que el pasado busque la razón de las fallas del actual en la falta de competencia. Y ese sombrero y el picor aplican para todos los partidos que han gobernado la nación desde aquel 27 de febrero coronado de libertad, como reza el canto a la patria del cantautor Juan Luis Guerra.

Aclaro que no me sentí ofendido por la carta de Marte. Respeto sus posiciones de defensa a la gestión que encabeza el presidente Luis Abinader, por lo que, si recibo otra respuesta al presente artículo, dejaré ese debate por concluido. 

Finalmente, quiero precisar que si alguien escribe un artículo donde plantee que los periodistas son unos corruptos, que reciben dinero por noticias publicadas, que escriben sobre publicidad con la apariencia de reportaje, que venden su pluma a los políticos y que se arrodillan ante los gobiernos de turno a cambio de publicidad, no le respondería.

No tengo esa levedad de sentirme aludido por culpas ajenas.