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Puntos de vista martes, 24 de mayo de 2022

FUNDACIÓN SALESIANA DON BOSCO

Sean humildes

  • Sean humildes
P. José Pastor Ramírez

Dando una hojeada a los manuales de teología moral que se inspiran en santo Tomás de Aquino, se identifica que, estos posicionan la humildad como una virtud asociada a la templanza y dependiente de la modestia. Es decir, se le ha restado importancia a la virtud de la humildad. Sin embargo, la tradición cristiana ha situado siempre en una alta estima tal virtud. Ello podría estar movido por el llamado de Jesús mismo a personalizar su humildad: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Probablemente, basado en ello, a diferencia de los textos de moral, los manuales de teología espiritual sitúan en un alto grado la virtud de la humildad.

El fundamento de la humildad se sitúa en la verdad y en la justicia.  Por otra parte, la humildad no consiste en negar las cualidades de la persona, sino en fortalecer y hacer producir los talentos. Según santo Tomás, la humildad combate los obstáculos de la vida divina en la persona, los cuales son la soberbia y la vanagloria que, a su vez, dificultan la gracia. Su opuesto, el orgullo, es como un albañil especializado en construir muros.

La humildad se constituye, asimismo, en una actitud estupenda para hacer y recibir correcciones de los demás sin llegar al enojo o a la justificación, así lo confirma la primera carta de Pedro: “Sean humildes unos con otros”. La persona humilde acepta al otro como es, sin etiquetar ni culpabilizar, sino que busca soluciones. La humildad no tiene nada que ver con la pobreza, hay pobres engreídos y ricos sencillos, mansos y humildes.

La humildad consiste en la capacidad de sentirse uno entre iguales y superior a nadie. Es así que, un grande y verdadero líder, antes de serlo, se distingue por su humildad; conoce las propias debilidades, defectos, limitaciones y fortalezas; reconoce el valor y el arrojo del otro, porque es modesto, sencillo y medido, y por ello relativiza las propias virtudes. El humilde silencia sus virtudes, posibilitando que los demás identifiquen y muestren las suyas. No existe nada más elegante y distinguido que llevar el vestido de la humildad.  Se crece en humildad cuando se evita valorar a los demás por lo que poseen o por la posición social; cuando se cultivan relaciones de igualdad; cuando se reconoce que no siempre se tiene la razón; cuando se entienden y aceptan los equívocos; cuando se confía en los demás, se aprende de las personas sencillas y se es accesible; cuando se agradece lo que se recibe y se es generoso. Cuando se habla de humildad hay que ser como el bambú, cuanto más alto crece más se inclina. Una persona humilde tiene mentalidad de principiante, de alumno que aprende de los demás, sin importar quien enseña. Se deja asesorar, pide ayuda y respeta el aporte de los demás. Hay expresiones, tales como “en mi humilde opinión” que no son más que orgullo disfrazado. Hoy, la humildad no está de moda; prima más la necesidad de reconocimiento y de ser el centro de todo y de todos. El humilde es amable, manso y veraz.


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