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Puntos de vista sábado, 09 de abril de 2022

Iván Tovar, de lo económico a lo estético de un discurso pictórico

  • Iván Tovar, de lo económico a lo estético de un discurso pictórico
Ignacio Nova
ignnova1@yahoo.com

A la hora que escribimos esta entrega, la relación de subastas pasadas de la casa subastadora inglesa Crhistie´s aloja cuatro registros para la firma Iván Tovar. Se trata de dos piezas sin título de los años 1972 y 1971, con dimensiones 113 x 147 y 65 x 54 cms, respectivamente, y dos tituladas: L´Anneau pervers (1967, 15.18.5 cms) y Le Poids du Rêve (1970, 100 x 81 cms).

Ellas fueron vendidas, en dólares estadounidenses, así: a) Subasta 9660, 30 de mayo, 2001, tamaño113 x 147: US$25,850; b) Subasta 8888, 28 de mayo, 1998, tamaño 65 x 54: US$8,050; c) Subasta 8298, 20 de noviembre, 1995, tamaño100 x 81: US$19,550 y d) Subasta 5409, 04 de julio, 2005, tamaño 38 x 46, US$4,800.

En total, las obras de Tovar lograron, hasta el 2001, US$62,100 por 4,796 pulgadas cuadradas de pintura donde el precio de los formatos medios oscilaron entre +0.33 y +0.4 veces que los grandes, en tanto los pequeños fueron +1 veces frente al tamaño mayor subastado. El precio del llamado “punto” por la convención de precio española, quedó establecido en alrededor US$13, siendo 10.7 para los formatos grandes, de US$14 a US$15 para los medianos y US$21 para los pequeños.

Se resalta este punto de inicio —que no es del todo cierto, puesto que la presencia de obras de Iván Tovar en subastas europeas y estadounidenses datan del 18 de mayo de 1988—, para poner de relieve el incremento de valor que la obra del autor de origen dominicano ha alcanzado después de una maratónica travesía por los corrillos del mercado del arte.

Su primera participación en este tercer mercado abierto parece haber sido el 18 de mayo de 1988, cuando su pieza “Una de los muchos secretos del amor” logro ser vendida.

Desde entonces a hoy, su firma registra, al menos, 107 incidencias en las subastas de arte y sus ventas tienen un ritmo de dos piezas por año, lo cual es consistente con el hecho de que en los últimos veinte años Iván Tovar estuvo protegido por un contrato que le obligaba a no pintar más que ese número de piezas anuales, según él nos confesó a finales de 1998 cuando visitamos su hogar en Arroyo Hondo tratando de traer algún contenido suyo en Contemporanía, entonces revista de arte en Caribe internacional.

En ese período y promediando los informes procedentes las más acreditadas casas subastadoras de arte del mundo, en los últimos dos años (24 meses) las ventas de obras de Iván Tovar han totalizado $116 mil, con un incremento en su precio estimado de +56%, donde la tasa de ventas directas es del 100%.

La bofetada económica de la excelencia
Este anclaje econométrico, para un bien nacional cuyos artífices aportan tanto al desarrollo cultural y del mercado de arte locales, constituye una bofetada con guantes blancos para quienes pretender negar valor al arte y aporte cultural significativos. Aún más cuando observamos que de vender en US$15 mil en 2009, el salto cuántico en el precio del artista se produjo en la subasta de Arte Latinoamericano de Sotheby´s, realizada el 13 de noviembre del 2018 cuando una pieza suya, sin título valorada entre US$20 mil y US$30 mil, alcanzó US$68,650, esto es +2.43 veces el estimado de valor más bajo y +1.2833 el más alto.

Por este corredizo llegamos a la actualidad. El pasado 29 de junio, 2020, cuando un 39.5 x 32.5 de este autor, sin título pero con la inscripción “C. como Carmen” logró un precio de US$93,750 cuando sus precios estimados, altos y bajos, se establecieron en US$50 mil y US$70 mil, respectivamente, logrando incrementos respecto a esos precios de estimación de +0.875 y +0.34 veces, también respectivamente. El 10 de diciembre de ese año, una pieza más pequeña, 24 x 19 5/8 pulgadas, también sin título y del 1972, se vendía en 35,280 euros, antecedida por estimados, bajo y alto, de 12 mil y 18 mil euros, respectivamente, logrando precios 1.94 y 0.96 veces más que esas cotizaciones.

A todas luces el Covid 19 y los cierres de mercados, más las muertes de importantes coleccionistas de arte dominicano de alta gama ocurridas entre el 2019 y el 2021, afectaron el desempeño y cotización de la obra de Tovar cuya hito en precio en Sotheby´s se impuso el 18 de mayo del 2020 cuando su obra “La Menace” (1978, 51 1/8 x 77 pulgadas), se subastó en US$250,000.00 luego de ser valorada entre 30 mil y 40 mil dólares. En esta pieza, los incrementos, respecto a los estimados de precio, fueron 7.33 y 5.25 veces por encima.

Es imposible no observar que, aunque una obra solitaria no impone un precio definitivo sobre toda la producción de una firma sujeta a variaciones de mercado y de la valoración de las estructuras de validación las cuales pueden desarrollar o tener reservas respecto al estrellato absoluto de la obra de Iván Tovar en el ámbito cultural dominicano y el desarrollo de las artes plásticas nacionales, este incremento del precio del “punto” desde US$13 en el 2001 a sus niveles actuales es un irrefutable argumento sobre las ventajas y riesgos de invertir en las obras de este artista, especialmente porque es ya casi insistente el rumor de que en la República Dominicana puede haber gente muy conectada políticamente dedicada a pagar a diestros falsificadores para que le realicen obras “de Iván Tovar”.

El mercado de Tovar puede ser afectado por la inexistencia y falta de salida al mercado local/internacional de esas dos obras que anualmente ingresaban al mercado —si es que la historia y realidad continúo sujeta a aquél contrato del que él nos hablara.

La obra pictórica de Iván Tovar
La obra del dominicano Iván Tovar (Santo Domingo, 1942-13 de abril 2020) se caracteriza por una poética formalizante de de los signos, la zoología, lo antropomorfo las relaciones y los objetos.

Si existe algo por lo cual este discurso pregona su validez es por su calidad de factura. No pinta Tovar con aguaditas cuyo pigmento el sol de trópico terminará engullendo en pocos años hasta dejar el lienzo convertido en un opaco grisáceo. La suya es una pintura “pintada” con todas las leyes y rigor de la maestría, consciente de que pintar es poner pintura, no evitarla. Surgen, así, sus imágenes desde la profunda oscuridad de un negro compuesto y enriquecido por otros colores de fondo, para desde su ausencia de luz permitir que destilen limpios y sutiles los pobladores de su luminosa iconografía.

Lejos del surrealismo desde el cual la visión secular y dominante trata etiquetar su producción y subsumirla en ese conjunto de postulados post dalinianos y post bretonianos, lo de Tovar es una pintura fantástica marcada por la inventiva regeneradora de las formas. No emergen estas desde el subconsciente ni desde la falta de control sobre el “objeto del deseo” del arte. Es decir no nacen de negación alguna o del vínculo con lo real, pensado o conocido. Contrariamente, la suya surge de un consciente racional y activo que articula una portentosa estrategia visual para definir una nueva tipología de vinculaciones, nacida de la busca cerebral del reordenamiento constructivo de sus motivos y recursos. Es por tanto la rearquitecturación lo que incita su abordaje, un re ensamblaje de los objetos en el espacio y entre ellos mismos a partir del volumen, el cromatismo, la simpleza del dilema, la armonía y los conflictos.

Así trae hasta estas obras suyas, para que destilen —destilar aquí no es una palabra gratuita sino referente al goteo en que terminan cuajando sus figuraciones— estructuras e insinuaciones que, pese al contacto con sus bases de apoyo compositivo, parecen generarse en el aire contra todo pronóstico, para empezar a caer, en vez de lo contrario y propio de la tradición pictórica: nacer desde “el apoyo”. Así las imágenes de los objetivos imaginativos de Tovar parecen nacer del aire como si hubiésemos ingresado a un neo platonismo.

Desemboca, al influjo de este aspecto, el discurso tovariano signado por la proliferación de lo antitético, en una interrelación de afirmación y negación rotunda; hostil a las recetas de la composición renacentista; ojeriza, casi de forma radical —por su reiteración implacable— ante la presencia del triángulo. En su lugar, deja que sus esqueletos y ensamblajes liberen sus anatomías y “partes” hacia los límites del cuadrante del espacio pictórico, produciendo movimientos expansivos o persistentemente centrífugos.

Si los cubistas recurrieron a geometría como factor generatriz de sus de-formaciones y re-formaciones, Tovar recurrió a la anatomía, la zoología y a la astronomía, sin negar la persistencia de ese cuadrado que siempre logra reiteraciones dobles: dimensional o de escala y cromática, en persistente contrapunteo, factores de esas sus tan reales y falsas perspectivas.

De tal modo, son las partes de esas “cosas” disgregadas las que vienen a encontrarse, una y otra vez, sorprendente, en estos ensamblajes razonadísimos y meticulosos. En su aglutinado y modelado, definen nuevas estructuras y fisionomías visuales. Aletas de peces y reptiles, porciones óseas, ovales, de nematodos y vermiformes, espinas, larvas, garfios, escamas, órganos y balaustres… se integran a este cosmos para acompañar y definir nociones visuales humanoides, zoomorfoides y sígnicas: unos empaquetados visuales en los que Iván Tovar despachó su respuestas ante los símbolos modernos en medio de un ritual de eros y agresión, de amenaza y complacencia, de placer y sadismo. Afirmando y negando. Complaciendo y rechazando. Para hacer, finalmente, agradable y repulsivo.