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Puntos de vista sábado, 15 de enero de 2022

Si en torno al arte ocurre nada, sencillamente el arte es nada

  • Si en torno al arte ocurre nada, sencillamente el arte es nada
Ignacio Nova
ignnova1@yahoo.com

 

 

ignnova1@yahoo.com

En el número más reciente de la revista Contemporanía | Arte latinoamericano en la escena global, correspondiente al trimestre diciembre, 2021-febrero, 2022, el equipo editorial de esa publicación periódica de la Fundación Acción por el Futuro logró entrevistar al señor Eric Smith.

Se trata del organizador de ocho importantes ferias de arte en los Estados Unidos; un gran conocedor del mercado artístico de ese país, con acreditada experiencia en ventas de obras de Andy Wahrol y Roy Lichtenstein: autores cuyas obras superaron, en subastas, los US$81 millones y US$95 millones, respectivamente.

En su respuesta en torno a qué deben hacer los artistas para impulsar su carrera, el señor Smith respondió con algo que, a pesar de su simplicidad y carácter básico, es ignorado o imposible de poner en práctica por la mayoría de artistas de los países con economías emergentes.

“Muestre su obra”, fue su respuesta apodíctica, su sugerencia.

Y hacerlo allí donde la propuesta puede conectar con mercados en los cuales le sea posible obtener el resultado esperado: incrementar su posicionamiento, reconocimiento, penetración y apreciación.

Producto de la pandemia de la Covid-19 se pensaba que las ventas de arte sufrirían significativamente, que reducirían, según los más pésimos pronósticos. Pero no fue así y a esta realidad dedicamos un artículo en este medio hace unas semanas.

“Muestra sus obras” significa hacer que algo ocurra en torno a ella.

Está condenado a una presencia insignificante aquel artista que espera “ser descubierto” en su taller, donde es un ente apartado del mundo y solitario, conectado sólo mediante unas redes sociales y  navegadores cuyos bots y administración de perfiles lo confinan a sus propias relaciones de parentesco, socio-económicas y profesionales.

Los diseñadores web y de estrategias de marketing digital, que a veces rayan en crear burbujas y falsas expectativas como los NFTs y las cripto monedas, ocultan a sus clientes artistas esta fuerte limitante de superar las barreras que imponen los navegadores y las redes sociales en este aspecto. Saltarlos implica un grande, tedioso e intenso trabajo físico de relacionamiento digital que lleva muchísimo tiempo y al cual hay que dedicar equipos muy profesionalizados.

“Ser descubierto” en la torre de babel que es la web ha devenido billones de veces menos probables que ganar el Súper Loto China.

Y “Ser descubierto” de forma análoga —partiendo de un territorio dado en el que se trabaja el posicionamiento— resulta ahora billones de veces más probable que lograrlo en la web.

Lograr “Ser descubierto” es un sueño de los artistas, que arrastra hacia un verdadero dilema para los creadores pobres o de clase media-baja de todo el mundo y más intensamente a los de las economías en vías de desarrollo. Ellos viven ante esta aspiración/dilema, un jugo tipo prisionero en el cual la apuesta resulta a veces demasiado alta porque a lo anteriormente referido se agrega el rol obstructivo de la cultura dominante. Esta se constituye en y actúa como su contrario, siendo, forzosamente, el océano en el cual las propuestas deben navegar o la tierra en la cual germinar y desarrollarse: un valladar colectivo de dimensiones nacionales.

Esa cultura dominante está formada por paradigmas, hábitos y costumbres que también inciden en el mercado de arte. Es decir, que definen y modelan por qué, cuándo y para qué se producen y adquieren obras de arte.

Hacer que esos paradigmas y cultura sean favorables a la elaboración de determinado tipo de propuesta artística o a la aceptación (demanda y consumo) de las de un creador particular conlleva tiempo, esfuerzo y, mercadeo, mucho mercado. Casi uno de por vida. Mercadear es exactamente lo que sugirió el señor Eric Smith cuando recomendó “Muestre sus obras”.

El punto aquí es decidir dónde mostrarlas y para qué.

Hay quienes las exhiben buscando aprobación: sentirse reconocidos, valorados positivamente o aceptados por los colegas, algunos relacionados, familiares, los “críticos de arte” —en nuestro país, la mayoría no tiene estudios especializados de arte y, en el peor de los casos, no han visitado un centro de estudios superiores.

Buscan aprobación porque los canales y medios que escogen para mostrar sus trabajos no tienen posibilidad de resultar en una venta, en una apreciación económica de la obra, ni en algún otro tipo de oportunidad que contribuya a fortalecer o fortalezca lo esencial en el arte: la marca, la firma.

El resultado inicial de esta conducta es, forzosamente, permanecer en el mismo lugar.

Y todos sabemos que permanecer estáticos es retroceso.

Porque en realidad, con tal conducta y acciones, nada ocurrió en torno a ese arte “mostrado”, este sólo consumió tiempo y recursos y la vida de sus creadores. Este arte quedó, por tanto, como un bien subjetivo, de escasa presencia y bajo impacto social.

Al mostrar su trabajo los artistas logran construir el resultado de sus oficios en realidades socio-culturales.

Cuando no se muestra donde sus funciones social y cultural ni los objetivos del artista pueden ser logrados, sencillamente el arte termina siendo nada. Y si empieza a ser nada, lo será por mucho tiempo; finalmente, el olvido lo cubrirá, como en los enterramientos...


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