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Puntos de vista sábado, 15 de enero de 2022

TIRO DE GRACIA

Un periodista contra el narco

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  • Un periodista contra el narco
Luis Beiro, Editor de Ventana y Lecturas de Domingo
luis.beiro@listindiario.com

Juan Andújar fue mi amigo. Y aunque ya no esté, siempre lo será. Cayó baleado a ple­no Sol, frente a la emisora de radio donde trasmitía su pro­grama. El hecho ocurió a la salida del recinto donde acababa de sacar a la luz pública nombres muy temidos. Su cuerpo, ensangrentado, transpi­raba la dignidad de un periodista. Lo considero fuera de serie. Uno de esos veedores que sabe dar la cara.

Tal vez su prosa escrita fuera pla­na, pero “solo pedantes y bribones se lo echarán en cara, porque murió bien”. Lo visité en varias ocasiones. Llevé a su amada Azua mi humildad y respeto, y juntos organizamos bati­das contra el crimen organizado.

No escuchaba consejos. Yo mismo le propuse la moderación de su discur­so ético. Colegas y vecinos le instaban a cuidar sus espaldas. Pero según su mo­do de ver, eso era peor. No confiaba en la eficacia policial de entonces. Ni en cuidadores, ni mucho menos en centi­nelas. Su mejor custodio era su coraje aunque fuera un acto de descuido en países donde las débiles democracias miraban a otro lado.

Lo conocí en el Listín Diario, un día de 2001. Pero ya mis oídos se acos­tumbraron a escuchar sus historias. Nuestro encuentro fue profesional: Él buscaba un editor, y yo un cola­borador con los pantalones bien puestos.

Leía sus reportes de prensa y constantes denuncias ecológicas. Conocí su trabajo de rescate de la arqueología nacional y su colabo­ración desinteresada con la funda­ción Hábitat, que todavía insiste en construir viviendas con materiales reciclables para familias de escasos recursos.

Andújar nunca fue adulador, si­no un hombre nacido para servir.

Un día, Azua y Andújar ama­necieron estremecidos: Extranje­ros sudamericanos levantaron una empalizada, apropiándose de tie­rras, arena y un trozo del mar Ca­ribe. Escogieron un sitio ideal pa­ra levantar un embarcadero con raros propósitos. Ante su llamado, acompañé a un equipo del Listín a reportar el hecho. Allí conocí a otro sureño ejemplar, el banilejo José Mi­guel Germán a quien me uní, junto a un grupo de parroquianos, a destruir aquel emplazamiento improvizado. Juntos, devolvimos a la ciudad el peda­zo de playa usurpada.

Semanas después, los extranjeros volvieron a montar otro engendro im­provisado, pero con mejores recursos. No fui solo al combate con Andújar y Germán. Integré otro equipo con la siempre efectiva periodista Solange de la Cruz, al fotorreportero Miguel Gómez y un chofer de la redacción.

Ese día volvimos a restaurar la pro­piedad popular y, mientras Miguel Gómez se dirigía en la camioneta en busca de otras fuentes, él y el chofer fueron interceptados por dos vehícu­los. De ellos bajaron hombres arma­dos. Ante el asombro, el chofer del pe­riódico quien solo atinó a preguntarle al que parecía jefe del grupo:

-Colombia… ¿nos vas a matar?

Junto a su arma, el hombre llevaba un folder lleno de papeles.

-Estos son los títulos de propiedad, incluyendo la playa. Todo esto es mío -les dijo.

Miguel Gómez tomó fotos docu­mentales. Y al parecer, bajó la fiebre.

Mientras, en la playa, destruimos la nueva empalizada y el equipo del Lis­tín celebró la victoria en el patio trase­ro de la modesta vivienda de Andú­jar, junto a su esposa y sus historias. Entre café y agua de coco, la prome­sa del retorno no pasó por alto.

Solage y la periodista Yvonne Francisco quien hoy anda por la ciu­dad de Boston cumplieron el retor­no y los vientos soplaron más. Solo que Andújar le hacía frente a todo sin mirar consecuencias.

Asumí con dolor el asesinato de Andújar, junto al Director del Listín, quien reclamó al Colegio Dominica­no de Periodistas (CDP) un contun­dente apoyo a su memoria.

En unos meses recopilé sus escri­tos y reportes. Aquellos textos res­piraban un innegable valor, junto a las fotos de Miguel Gómez. Na­die quiso aportar financiación para imprimir un pequeño tomo con su obra. Le entregué los documentos a Yvonne Francisco para difundirlos fuera del país. Ella también encon­tró oídos sordos. Todavía los conser­va. Y su buena memoria me ha ayu­dado a reconstruir estas páginas.

En un pequeño rincón, a la en­trada de la oficina del Director del Listín Diario, se encuentra una vi­trina con cámaras antiguas a ma­nera de exposición, una pertene­cientes a Juan Andújar donada por su compañero Leonardo Santiago, hoy Editor de Fotografía del Listín. Y en el extremo superior del inmue­ble, se encuentra una pequeña nota biográfica, de cuatro párra­fos, acompañanada de la foto que ilustraba su carnet de periodista. Todos los días me detengo ante su imagen, no para llorar. Lo hago para aferrarme al legado, a la con­vicción de multiplicidad en este siglo XXI donde el periodismo va dejando a un lado su condición de patrimonio exclusivo del poder, y se apuesta a profesión no robótica, muy cercana al corazón y a la digni­dad humana.


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