OTEANDO
Congreso, proyecto de código y círculo hermenéutico
En este oficio de escribir suele meterse uno en “honduras” tentado por la idea de metaforizar los temas y hacerlos más productivos en el ámbito conjetural. En ese temperamento se me ocurre extrapolar la cuestión del círculo hermenéutico a lo ocurrido con nuestro pobre “Proyecto de Reforma del Código Penal Dominicano”.
La hermenéutica que, entre otros, suele atribuírsele como objeto el entendimiento, se remonta a la interpretación de textos bíblicos y ha venido ampliando su horizonte de proyección hasta llegar a lo que se llama hermenéutica filosófica.
En este punto ha surgido el concepto de “círculo hermenéutico” – algo que hace referencia a cierta estructura circular de la intelección– que, aunque no nace en Gadamer (1900-2002), a quien se considera el padre de la nueva hermenéutica filosófica, sí pudiera atribuírsele su perfeccionamiento al proponer, no solo sus pilares (interpretación, comprensión y aplicación), sino también sus tres niveles de análisis más trascendentales: el formal, el semántico y el sociocultural. Y aquí viene mi extrapolación a lo ocurrido con el “Proyecto de Reforma del Código Penal”.
La semántica filosófica, cuyo nacimiento suele ubicarse en el marco de la filosofía analítica –que tiene como marca quiditativa el estudio del lenguaje, se concentra en la determinación del sentido o connotación de las palabras, lo cual no puede hacerse sin ubicarse en el contexto sociocultural del análisis propuesto por Gadamer.
Es en esa ascendencia variopinta de la conformación de nuestro Congreso en: niveles de instrucción, intereses y visión (apenas si ideológica) donde reside la falta capacidad para analizar de manera compleja un asunto y consensuarlo, deviniendo su “esfuerzo” en una Babel que se reedita una y otra vez, salvo cuando de aprobar préstamos se trata, porque allí prevalece, con sus excepciones, porque las hay, la ignorancia de los deberes y la falta de inspiración ideológica en el desempeño de las funciones.
Como siempre he dicho, no son los legisladores los culpables de este desastre. Somos los ciudadanos que en ausencia de sentidos crítico y selectivo, arropados por un sistema clientelar de la política cada cuatro años caemos en la trampa de enviar a representarnos, con sus excepciones repito, personas heterónomas, que ni siquiera sobriedad en su aspecto exterior exhiben. Una colectividad que –propongo– los centros educativos deberían empeñarse en visitar junto a nuestros jóvenes para que observen su precario desempeño y les sirva de estímulo para mejorar su criterio de elección.

