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Puntos de vista sábado, 16 de octubre de 2021

CONTANDO LOS HECHOS

La encerrona…y la verdad

  • La encerrona…y la verdad
Ellis Pérez
@EllisPerezSr

Era el año 1963, yo acababa de recibir la licencia para una estación de radio.

Por ello, renuncié a mi posición de Director de Cruceros de la Eastern Steam Ship Corporation, con sede en Miami.

Había hecho mis ahorros de cierta consideración ya que en esa posición, prácticamente, no tenía gastos personales. Solo usaba lo que le enviaba mensualmente a mi familia.

Decidí armar la mejor estación de radio posible y aplicar algunas ideas nuevas como resultado de la experiencia acumulada en esos viajes durante casi cuatro años.

Pensé que el Hotel Jaragua, donde yo trabajé durante un año con Sutherland Tours sería una buena sede y un buen punto de referencia para mi emisora.

Pregunté al ingeniero Héctor Cambero, cuál era el mejor transmisor en el mercado que yo podía comprar, compramos un Collins la potencia autorizada era de 5 kilos. Ninguna emisora comercial en el país tenía 5 kilos en el aire a excepción de Radio Televisión Dominicana.

Mi decisión de seguir las carreras del primer grupo de jugadores dominicanos en las Grandes Ligas, hizo que nuestra salida al aire resultara espectacular.

Fui convocado a una reunión de radiodifusores de la Capital, en la sede de La Voz del Trópico.

En la reunión habían unas diez o doce personas, incluyendo algunas de las más sobresalientes de la radio nacional: Frank Hatton de la HIZ, Pupo Cordero de la HIG, Martínez Gallardo de Radio Radio, Ramón Pacheco de la Onda Musical, el anfitrión Joaquin Custals, y otros más.

Había un solo tema de agenda: Que yo era el testaferro de inversionistas norteamericanos, lo cual estaba prohibido por ley.

Porque de donde iba Ellis Pérez, un simple locutor, a sacar los recursos para comprar esa clase de equipamiento y tener la influencia de colocarse en el Hotel Jaragua.

Yo, turulato, hube de dedicarme a explicar en detalles la razón y procedencia de cada cosa incluyendo mis ahorros y experiencias acumulados.

Les pedí que no solo creyeran en mis palabras, sino, que investigaran cada detalle que les viniera en mente y que podían contactarme para oír mis respuestas. Así sucedió.

Justo al año, en 1964, ese mismo grupo me llamó para decirme que habían decidido constituir la Asociación de Radiodifusores del Distrito Nacional de Santo Domingo y querían que yo fuera su Presidente.

Esa fue una de las mayores satisfacciones que he recibido en mi vida.


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