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Puntos de vista domingo, 10 de octubre de 2021

Enfoque: Patente de corso

Alto, rubio y tranquilo

Tributo: Fernando era valiente y flemático. También era cinco años mayor que yo, y por eso siempre le envidié dos guerras para las que llegué tarde: la de los Seis Días y la de Vietnam.

  • Alto, rubio y tranquilo

    El fotorreportero y periodista Fernando Mugica. Una figura legendaria del periodismo español.

Arturo Pérez Reverte
MADRID, ESPAÑA TOMADO DE XL SEMANAL

He regresado a casa desde el tanatorio, después de abra­zar a sus hijas, yen­do a sentarme an­te la tele. Y luego, tras poner en el video una vieja grabación, un deuvedé rotulado Sarajevo 93, he buscado la secuencia de die­cisiete segundos en la que tres reporteros fatigados y mugrien­tos bajan de un coche blindado y, con ademanes de infinito can­sancio, mirándose con ojos va­cíos, se despojan de los chalecos antibalas, los cascos y el resto del equipo, mientras como sonido de fondo se escucha el rumor leja­no, monótono, de la artillería ser­bia. La secuencia la grabó Paco Custodio, y dos de esos reporte­ros somos el cámara Miguel de la Fuente y yo. El tercero –alto, ru­bio, barbudo y elegante– es Fer­nando Múgica.

Fernando era valiente y fle­mático. También era cinco años mayor que yo, y por eso siempre le envidié dos guerras para las que llegué tarde: la de los Seis Días y la de Vietnam. Nos cono­cimos en el Sáhara en 1975, y en las dos décadas siguientes nues­tras vidas se cruzaron muchas veces en una extensa geografía de matanzas y catástrofes: ama­neceres inciertos, suelos cubier­tos de cristales rotos, carrete­ras con humo al fondo y por las que todos, menos nosotros, ca­minaban en dirección opuesta. No éramos realmente amigos –creo que nunca nos contamos una sola intimidad uno al otro– sino algo más fuerte que eso. Éramos compañeros de la tribu más peculiar y surrealista del pe­riodismo de entonces: la de los enviados especiales a zonas de conflicto, cuando éramos cua­tro gatos, aún no existían los te­léfonos móviles y tenías que li­garte a la telefonista o sobornar al militar para poder transmitir la crónica. Acumulábamos en­cuentros en aeropuertos y ho­teles bombardeados, noches al raso, sobresaltos, latas de con­serva y tragos de alcohol. Era la nuestra una lealtad silenciosa, dura y definitiva. Tierna, tam­bién. La de quienes han estado allí y saben qué significa estar uno junto al otro. Pasarse un ci­garrillo, un carrete de fotos, un sorbo de agua cuando todo esca­sea. Éramos hermanos de guerras y hermanos de sangre.

Su inteligencia, su noble na­turaleza, filtraban el cinismo na­tural de todo reportero veterano, transformándolo en un humor bondadoso, resignado y tranqui­lo. Jamás le oí una maldad ni ob­servé en él un mal gesto. Paseaba sus ojos azules, su hidalga y nava­rra silueta, por las ciudades en rui­nas y los campos de batalla, siem­pre con una cámara en las manos. «Soy mal fotógrafo -solía decir-. Me limito a enfocar el objetivo, y el resto lo ponen ellos. Es la venta­ja que tienen las guerras». Sobre su sentido del humor, ése que le per­mitía seguir sereno en mitad del horror, hay innumerables anécdo­tas. Como aquella vez, en Beirut, cuando un tanque Merkava em­pezó a girar su torreta hacia noso­tros, apuntándonos con el cañón, y Fernando dijo: «Perdonad que me ausente, pero voy a buscar un es­tanco. Me he quedado sin tabaco». Entre todos esos episodios, mi fa­vorito es el de la noche en que, sa­biendo que llegaba a Sarajevo, fui­mos a buscarlo al aeropuerto. Y al regreso, por la interminable y pe­ligrosa Sniper Alley, empezó un bombardeo de los grandes. Caía de todo mientras íbamos a 180, sin luces, iluminados por la luna y los fogonazos. Fernando permanecía callado, sin despegar los labios. Y cuando un cebollazo acertó en un coche abandonado, que estalló en llamas, sonó su voz, muy tranqui­la: «Esto lo habéis montado voso­tros, ¿verdad? Para acojonarme».

Se enfrentó al cáncer y lo sopor­tó con entereza, como un reporta­je difícil más. Sin miedo, sufriendo mucho pero sin perder la compos­tura. «Es como estar en Vietnam», llegó a decir. Cuando sus compa­ñeros de El Mundo me dieron un premio, viajó con una hija hasta Barcelona, aunque estaba muy en­fermo, para estar allí; y eso me dio ocasión de pedir un aplauso para él, que el público le dedicó con lar­go entusiasmo. «He sido razona­blemente feliz», resumió en una de las entrevistas finales que le hicie­ron. Y ahora, enviada al fin la úl­tima crónica, su mochila descan­sa junto a las de los miembros de la tribu que se fueron antes: Ma­nu, Julio, Miguel y los otros, en el vestíbulo de ese hotel hecho polvo, sin agua en las cañerías pero con el bar siempre abierto, donde viven las sombras entrañables de los vie­jos reporteros valientes.

Hace pocos días, ya con el pie en la escalerilla del avión, Fernan­do dijo a una de sus hijas: «Cuando muera, Arturo escribirá un bonito artículo».

Y, bueno. Aquí está el artículo, y espero que sea bonito, compañero. Hice lo que pude. Nos vemos en el Holiday Inn.