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Puntos de vista sábado, 28 de agosto de 2021

EL DEDO EN EL GATILLO

Confesiones En la catedral

Mi archivo de recuerdos no es la joya más importante. Cada ser humano es una historia llena de caminos, veredas, aguaceros y escampadas.

  • Confesiones En la catedral
Luis Beiro
luis.beiro@listindiario.com

Dentro de dos días despediré, sin lágri­mas, a mi hija, su esposo y mis nietas. Tal vez no las vuel­va a ver, pero eso es lo de menos. Las amaré donde quiera que va­yan; velaré por la felicidad y sé que me recordarán como el abue­lo amatorio.

Mis últimas lágrimas sucedie­ron al morir mi padre, allá, en la lejana Cuba de 1998.

La noticia me hizo infeliz y su recuerdo presiona mi garganta y mis ojos se inflaman. Pero no llo­ro. Por eso evito el recuerdo de quien me enseñó a ser libre y res­petó mis decisiones, buenas o no.

Después se me fue cayendo a pedazos la familia pero evité el llanto ante los augurios de la vi­da.

Dentro de dos días mi hija, su esposo y mis nietas se marchan a la Roma de hoy y mi sonrisa será la despedida. Están haciendo su propia vida. Aprenden a luchar, a salir adelante. Todos aman a mi hijo y a su familia y juntos, aquí y allá, conforman la esperanza de este corazón que dio y da la vida por ellos.

No son pocos mis amigos den­tro Cuba. No digo sus nombres. No pretende consecuencias so­bre ellos, ni a favor, ni en contra. Pero sí forman parte de mi histo­ria aunque no lo parezca. Es cier­to que casi toda mi generación to­mó rumbo del exilio, o falleció. Y tambien es cierto que en Repúbli­ca Dominicana he dado la mano a centenares de jóvenes que hoy son profesionales a capa y espa­da.

Pero eso no me quita el aire de cubano en la mitad de mi cuerpo.

Conversé recientemente sobre mis años cubanos. Narré mis me­morias de una forma menos lite­raria, desde que conocí a Nicolás Guillén hasta el presente.

Mi interlocutor, otro cubano ilustrado e inteligente, supo leer detrás de mis palabras, y escuchó algunas confesiones nunca antes descritas con presición y lujo de detalles. Incluso, le informé mis deseos de escribir un libro sobre mis vivencias dentro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de las circunstancias que me llevaron a trabajar allí por espacio de diez años.

Cuando me tocan el tema, siem­pre digo que esos capítulos ya es­tán incluidos de alguna forma en mis memorias, pero esta vez, mi hermano cubano escuchó añadi­dos inéditos. Pudo formarse un criterio bastante cercano a la per­sonalidad de Nicolás Guillén y su protección a los escritores y artis­tas de valía.

También le hablé de su enferme­dad, postrado en su casa y en un hospital donde su corazón perdió sus manecillas al notar la ausencia de una de sus piernas.

La UNEAC de entonces no es la de ahora, y si sobrevive, algún día habrá que incluirle algunas pin­celadas del esfuerzo de Guillén por convertirla en una casa digna, donde intelectuales y empleados simples compartían sueños y labo­res.

Estas historias no son una excu­sa cubana, sino el preámbulo fren­te a uno de mis buenos compatrio­tas que no dejaba de mirarme.

Después, hablamos de mi salida de Cuba, la soledad durante cua­tro años sin los míos, los abusos y atropellos contra mi esposa y có­mo he tenido que adaptarme a la nueva configuración existencial.

No hablamos de insignifican­cias, pero sí le recordé las inútiles operaciones de glaucoma a Sal­vador Bueno, el Indio Naborí , mi progenitora y otros escritores cu­banos que subieron al quirófano con la esperanza vendada y termi­naron sin volver a leer la grafía de sus nombres.

No soy político. Ni lo seré. A ve­ces se me va la lengua cuando veo a mi pueblo sufrir. Se me dobla la razón al recordar el filme de Mar­tin Scorcese “The Irishman, y la doble golpiza que le propinó el personaje de Tony Pro (el enanito) a Jimmy Hoffa por recordarle, bur­lón, su condición de extranjero.

Pero de ahí a tomar criticidad política, va un buen trecho. Res­peto el país que me ha acogido y a las gentes que aquí viven y pien­san encontrar flores en el mar. Mi amigo cubano es un humanista en contacto con los más necesitados. Por eso quería conocer mi historia.

Cada ser cruza caminos, vere­das, aguaceros y escampadas.

A un compatriota no le puden ocultar latidos, y le confesé una convicción: Si volviera a vivir, tal vez hubiera sido el mismo, siem­pre en bajo perfil, escribiendo poemas y narraciones, llevando a cuesta lo bueno y lo malo de las ideologías: Con mi cuerpo como escudo para defender a los míos.

Con un poco de más suerte, mis libros habrían cruzado el mar Ca­ribe. Pero fue mejor así. Soy un simple mortal al que no le intere­san los premios ni medallas. Si al­go pudiera mejorar en mi otra vida sería darle la mano a más centena­res de jóvenes dispuestos a no de­jarse aplastar por cantos de sirena, siempre con la frente en alto y los ojos dispuestos a salvar.