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Puntos de vista miércoles, 07 de julio de 2021

FUNDACIÓN SALESIANA DON BOSCO

Perdí la vergüenza

  • Perdí la vergüenza
Luis Rosario

Vergüenza, qué nombre tan extraño para nombrar una perra. 

Pero si, así se llama la protagonista canina de esta historia. 

En los barrios es común encontrar perros callejeros que se hacen amigos de los vecinos a cambio de un poco de comida. 

Así era Vergüenza, una perrita viralata, fiel, cariñosa, respetuosa, aferrada a los valores, alegre y juguetona. 

Si veía a alguien triste lo consolaba y aunque parezca mentira, si alguien trataba de hacer algo incorrecto, inmoral o ilegal, ladraba feroz e insistentemente hasta lograr devolver a esa persona al buen camino. 

Nadie podía obrar mal cerca de Vergüenza porque ella se encargaba de enderezarlo, aunque fuera a mordidas. 

Así que Vergüenza se convirtió en una fiel guardián de los valores del barrio, manteniendo el orden, la paz y el respeto entre las familias. 

Un día despertamos con la trágica noticia de que Vergüenza se había perdido. 

Corrimos calle arriba y calle abajo, buscando en cada esquina, mirando hasta por los barrancos a ver si se había caído, pero qué va, Vergüenza no aparecía. 

 Lo más triste es que las cosas en el barrio comenzaron a cambiar. 

Aquellos jóvenes con grandes aspiraciones que se sentían vigilados y motivados a alcanzar sus metas de forma honrada, al faltarles Vergüenza, se dejaron enamorar por la tentación del dinero fácil, de los lujos mal ganados y cayeron en los engaños de la mala vida. 

Con solo días trabajando en puestos importantes, llegaban en vehículos lujosos, con ropa de marca y creando envidia en otros jóvenes que honestamente se ganaban el pan de cada día.  

Llegó el temido momento en que se escuchaban los rumores de que el hijo de Doña Juana había caído preso y que al mayor de Don Andrés lo andaban buscando. 

Qué sufrimiento para esos familiares el ver a sus seres queridos en esa situación, y todo por la avaricia. 

Si Vergüenza hubiese seguido en el barrio, eso no hubiese pasado. 

Es que cuando la vergüenza se pierde, ya no te tiembla la mano para hacer cualquier cosa, no piensas en el daño que causas, ni consideras las consecuencias que llegarán. 

Ojalá y todos tuviéramos cerca una perrita como Vergüenza que nos mantenga obrando rectamente porque al final, tarde o temprano, todo se paga.