EL DEDO EN EL GATILLO

Crimen y castigo

Luis Beiro

Nos gustaba hacer pupú fuera del ca­jón. No eran tiem­pos de pandemia, pero sí de otros con­tagios. Se podía fumar en autos, ómnibus, aviones, restaurantes, hospitales, cines y donde mejor se visionara el exterior. El humo, inadvertido a ojos luz, penetra­ba en las colillas abandonadas, o en la ega de cigarrillos caseros, hechos con papel cebolla. Buscá­bamos falsos tesoros. Las novias no pedían nada a cambio del ulu­lar apasionado y se dejaban lle­var al trono de los dioses con alas y membretes saltarines. Con za­patos gastados, sin ropa interior y pantalones remangados creímos en conquistas. Evitábamos pasar por las iglesias. Babalos y bruje­ros lucían emblemas respetables, y entre otros privilegios, se daban el gusto de obligar a iniciadas e iniciados a raparse los cabellos, vestir de blanco y usar turbantes.

Eran tiempos de orfandad y misericordia. Sabíamos de todo y también de nada. Las horas trans­currían en espera de ómnibus fantasmas. Otros cruzaban llenos de ciudadanos colgantes, burlan­do nuestra estúpida esperanza de abordaje. Crecimos sobre nues­tras propias espaldas: A lo lejos, el cielo nos era afín y las olas, furio­sas, no eran capaces de destruir el muro del malecón. Las chavetas de los tabaqueros caían sobre sus mesas productivas como aplau­sos metafóricos a los lectores visi­tantes.

Los cubanos de mi juventud aprendimos consignas, militan­cias e imágenes profanas; diver­sas claves con la ilusoria fe en so­brevivir. ¿Qué dañó todo?: La destreza social, el temor, autocen­sura...

Con el paso del tiempo se per­dió aquella belleza libertina por­que todo tiene un final. ¿Cuál fue? Propagarse la falta de locura.

Mis pantalones, a veces sin abotonar, conocieron el rostro del zurcido. En Cuba usaba de cintura la talla 36 pero aquí en Santo Domingo ya voy por la 30.

Me siento feliz de trabajar en un medio de prensa donde se lu­cha por la verdad incómoda. Me rodeo de gentes que valen la pe­na. Para otros, tal vez no importe. Para mí, eso no tiene precio aun­que nunca me aumenten el suel­do, ni me den una medalla. Sal­go todos los días a reencontrarme porque creo en los demás sin im­portarme cómo viven o piensen. Converso con jóvenes. Escucho sus sueños porque son un mundo aparte, complicado y hermoso en el que vale la pena creer. No deba­to ideologías porque todos tene­mos el derecho de esperar la me­dianoche, sin invocar el tableteo de ametralladoras.

Aprendí que solidaridad es una mala palabra en boca de manipu­ladores. En Santo Domingo la co­nocí desde otro ángulo, alejado de mi familia.

Muy poca gente sabe el poder de la reinvención cuando apare­ce en forma de correspondencia dentro de una botella vacía, lan­zada al mar. Soy mi propia boci­na. No usurpo el nombre de nadie ni invoco la desesperanza. Esa tal vez puede ser la diferencia entre un hombre que sabe morir y otro que ya está muerto, y no quiere sa­berlo.

Mi primer hogar en Santo Do­mingo fue una pequeña habita­ción dentro de un apartamento. Allí quedaron rastros de papeles con los que soñé llegar al infinito. Conmigo vivían dos jóvenes cor­diales y para ellas fui como un her­mano mayor en busca del reen­cuentro. Para mi suerte, una tenía un novio de sangre cubana: Ade­más de músico, pescaba cada ano­checer en las costas de Haina. Un día los convoqué para un juego de adultos. Con una prenda oculta en manos, el repartidor simulaba de­positarla entre los concursantes, pero solo un elegido la tendría, casi de manera invisible. El resto, uno por uno, debía descubrir al agra­ciado. Casi siempre se fallaba y ca­da perdedor debía cumplir un cas­tigo impropio: Desde subirse a un árbol de noche hasta desnudarse en público. En el juego de mi nue­vo apartamento dominicano, los castigos no eran tan drásticos: el perdedor pagaría la cena, o tra­pearía la casa el fin de semana, o deshojara en mil pedazos su libro preferido delante del grupo. Una vez mi castigo pecó de inolvida­ble. Me impusieron enamorar a una anciana que vivía en el apar­tamento de al lado y cada día me guiñaba un ojo. Lo hice y sudé la gota gorda. Solo que fue un sim­ple enamoramiento para cumplir el castigo. La doña se quedó espe­rando por mi compañía en su ha­bitación, sin vestir, o vestida en pa­ños menores.