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Puntos de vista domingo, 07 de marzo de 2021

Enfoque: El dedo en el gatillo

Un mar y un cine para no morir

  • Un mar y un cine para no morir
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  • Un mar y un cine para no morir
Luis Beiro

Llegue a Tel Aviv sin traje de baño, ni toalla. Todavía era la capital de Israel, y entendí las medidas de seguridad del aeropuerto.

Por suerte, allí me esperaba una joven culta, refinada y sabia, como todos los judíos que hallé ni camino.

Ella facilitó el cruce aeroportuario sin afanes sensibleros, y descubrí en su mirada un trasfondo afable. Ella y los oficiales migratorios me daban la bienvenida sin pronunciar palabras.

Poco después llegamos a un hotel con un nombre a mi medida, “Cinema”. En su lobby se exhibían proyectores antiguos, cámaras reconstruidas, fotogramas históricos y televisores modernos que reproducían, una detrás de otra, las cintas de Charles Chaplin.

Mi habitación fue muy peculiar. Una pantalla gigante servía como puerta y las butacas, reclinables al estilo de la posmodernidad relucían gracias a una iluminación discreta. Todo refería a un ambiente similar a la sala oscura. Desde el teléfono hasta la ducha imitaban elementos de la tecnología audiovisual.

Pero vuelvo a la traductora de aquel equipo de argentinos, chilenos, uruguayos, peruanos, costarricenses y quien esto escribe como único domínico-cubano.

Fue un congreso extraño. No nos encerraron en un salón de conferencias para hablar sobre lo mismo de siempre. Recorrimos Israel y sus fronteras, y nuestras experiencias eran compartidas por emigrantes latinos residentes allí. Con ellos intercambiamos puntos de vista, y siempre coincidíamos como buenos amigos que pueden pensar distinto, pero sueñan en lo mismo.

Recibimos, por fuente directa, disparos de cine, danza, música, teatro y letras. Eran encuentros no aptos para turistas. Después de un descanso breve, volvía el debate productivo, la experiencia inolvidable, la necesidad de trabajar en lo que amamos. Al término de cada jornada, en el Hotel Cinema nos esperaba una buena ducha y la prontitud de otra salida por la ciudad de nocturna.

Nuestra traductora cruzó por la Vía Dolorosa al frente de una tropa de periodistas asombrados, después de orar en el Muro de las Lamentaciones. Allí, cada quien pidió un mundo menos resentido. Todavía la pandemia andaba oculta en el vientre de un reptil, y no había nada por temer. Los miles de viajeros iban de un lugar a otro como rebaño de ovejas guiadas por un buen pastor invisible.

La traductora me preguntó razones por esquivar la tumba de Cristo abierta y le expliqué mi plenitud por los milagros. Ella no entendió el sacrilegio profano, pero le dio igual porque también me debía el dolor de cabeza que no tuve ante el sepulcro del Señor.

-Estoy extenuado de tanto andar –le atiné a decir y ella, sin dejar de mirarme, me regaló su indiferencia.

Cerca del Mar Muerto, le pedí subirme en un camello y ella supo complacerme. Se veía feliz al verme encaramado sobre aquel animal incapaz de andar llevando como carga a un extraño periodista.

Mientras lo amaestraba inútilmente, mis colegas cambiaron sus vestuarios por trajes de baño y se untaron fango en la piel antes de entrar en el agua, como era costumbre allí.

-Quiero nadar –le dije. –No traje trusa ni toalla. ¿Qué debo hacer?

Me sugirió una salida inesperada.

-Báñate en calzones. Pero antes debes llenarte de fango. Te tomaré fotos.

Hice lo que me pidió, sin darme cuenta de que mis calzones mostraban parte de mis testículos, tal y como vinieron al mundo.

Nadé por aquellas aguas sin peces y con el fondo de salitre; aguas que cada día se iban achicando por ausencia de vida. Del otro lado del mar, las montañas de Cisjordania brillaban con tentación reporteril. Pero esa historia no sería relatada por aquel grupo de latinos despojados de prejuicios ante la grandeza espiritual judía.

De regreso al hotel, sucedió lo inolvidable. El ómnibus fue obligado a detenerse; se escuchó el sonido de sirenas policiales. A unos cien metros de distancia, los controles de seguridad detectaron una potente bomba en un centro comercial.

Nuestro asombro no se detuvo hasta minutos después del incidente, cuando las autoridades ordenaron continuar el rumbo.

-Usamos para casos como estos unos pequeños robots que desconectan las bombas. Ante un alerta como el que vivimos, la policía despliega rastreadores, y los equipos mecánicos se encargan del resto. Por eso ya no explotan bombas como antes en Tel Aviv –nos explicó la traductora.

Quisiera volver a Israel. No por idolatría, sino porque ya no es el país transfigurado que pintan.

Retornaría con traje de baño y toalla para nadar lo más lejos posible y abrir los ojos dentro de aquellas aguas de un mar que nunca va a morir. Si no lo puedo hacer, mis hijos y mis nietos se encargarán de cumplir esa promesa. Vale la pena orar en el Muro de las Lamentaciones y recorrer la Vía Dolorosa sin la prisa de un escritor de periódicos que solo andaba buscando lo inexistente detrás de aquellas piedras sagradas. En Israel no me lavaron el cerebro. Pero sí lavé mi ropa interior en las quietas aguas del Mar Muerto.