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Puntos de vista domingo, 28 de febrero de 2021

El dedo en el gatillo

Otros cuentos de pepito

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Luis Beiro

Parecen cuentos de Pepito. Y los cuentos, cuentos son. Se transforman en leyendas ingeniosas hasta que un día estallan como fuegos artificiales. Así de simple., y sin ofender a nadie. El llamado “Periodo Especial” cubano no fue tan especial. Primero, el cambio de la cuota semanal de pescado congelado por cabezas de merluza o macarela no fue suficiente. Duró poco. Al igual que una cajetilla de cigarrillos racionada. El patriotismo se invocaba también ante la falta de comida.

Segundo, la entrega de “pollitos” vivos renació un posible sustituto de la carne, ya de por sí racionada. Eran amarillos, con ojitos saltones y plumas desgarbadas. No conocí a nadie alimentado con la fibra de esos pequeños animales. Cada día aparecían muertos en bañeras o azoteas por falta nutrientes.

Tercero, el picadillo de soya mezclado con sangre (¿animal?) sustituyó a la carne molida.
Cuarto. El gobierno se apropió de los pequeños tesoros populares, escondidos a la luz del Sol, en las llamadas Casas del Oro y la Plata, donde la gente podía intercambiar “lámparas nuevas por lámparas viejas”. Todo era muy originario, como los hamberguer con tripas de caballo o los llamados “Mc Castro”, una especie de “Mc Donalds’, para muchos, una mescla de soya con lombrices.

Vamos por partes
Mi esposa no me entendía frente a aquellas cabezas de pescado hervidas y coladas, sacando escamas y espinas antes de licuar el caldo en un viejo aparato que debía recibir algunos golpes para funcionar. Un día las cabezas no llegaron más y cambié la sede de la pescadería por el puerto de Cojímar, vestido de pescador sobre una balsa.

Cuatro pollitos al mes eran la cuota. Los míos fueron las mascotas de mi hija. Entre lágrimas ella me imploró por salvarlos y su ruego se transformó en plegaria y decidí no volverla a atormentar con nuevas entregas. Abuelas menos sacrificadas que las suyas acogerían esa extraña cuota que duraría igual que un merengue a la puerta del colegio. Sin previo aviso, se acabaron las gallinas, los pollos, los huevos y toda señal avícola, al igual que aquellos extraños sitios conocidos como “pilotos” donde el ron y la cerveza a granel invitaban a “votar el golpe”.

El “picadillo de soya” sí tenía sabor. No sé a qué, pero su olor trasmitía fe en el acto de soñar.

Su llegada originaba un espectáculo circense. Gritos por aquí, corridas por allá, filas por doquier y la gente salía con cazuelas, pozuelos y periódicos en manos en busca de la anhelada “proteína”.

Mi madrina siempre descubrió mi anhelada compañía. Al fallecer su pareja hizo los arreglos de mi mudanza, y arregló los papeles para testar a mi nombre. También le dejó a mi madre su mediana alhajería. Cuando el gobierno anunció el tráfico “legal” de joyas a través de las Casas del Oro y la Plata, ella no pensó en llamarme:

-Mira, esto aquí encerrado no tiene valor. Cámbialo todo y trata de conseguir un televisor a colores y un abanico –me dijo.

Fui de los primeros en asistir a “La Puntilla”, en la barriada de Miramar, donde una mujer cincuentona cotizó aquel regalo con extrañas lupas y aparatos. Cuando me informó la suma total por aquel manojo de prendas, casi me desmayo:

-Trescientos cincuenta dólares. ¿Los toma o los deja?

Ya mi esposa cabildeaba un televisor japonés marca “Shiro” por trescientos dólares, un abanico de pedestal y una licuadora por los cincuenta restantes.

No solo acepté aquel ofrecimiento, sino que conseguí sacarle cinco dólares más a la flamante vendedora par pagarle al chofer que me transportó los equipos.

Ese acto poco profesional me demostró que la necesidad también tiene un precio. Conocí el rostro de mi propia miseria.

Lo que ocurrió después, era de esperar. Amanecía en las “shopping” cuidando los turnos para potenciales compradores a cambio de una buena propina: leche en polvo y chocolate.

Y como todas las modas, mi resquicio patriotero palideció como la gloria efímera. Me daba igual ir al cine que leer. Comprendí que ningún fetiche merecía mi ingenua servidumbre. La lealtad familiar sería un buen motivo para una nueva aventura. No estaba dispuesto a despertar como aquellos pollitos racionados, rendidos por el hambre en mi bañera, tributados por el llanto de mi hija. No morimos, es cierto, pero tampoco intentamos la movida.