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Puntos de vista sábado, 27 de febrero de 2021

OTEANDO

Pobre y sin nombre

Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

El niño no tiene nombre, no tiene por qué tenerlo. Los pobres, los excluidos no tienen nombre. Es apenas una pincelada más en la réplica de un gueto en el Caribe con nombre de ascendencia taina llamado batey (Batey de las 80 casitas). Su vida transcurre como la de cualquier excluido: come o bebe si encuentra qué, anda desnudo y descalzo o viste harapos si alguien los ha tirado, sus mejores amigos las lombrices, apenas si tiene dos estímulos para seguir viviendo (pelas y comida, si aparece), la ignorancia del padre no le permite otra suerte de afectos como no sea el proveimiento que se agencia, escaso por demás.

Tiene nueve hermanos y una madre que lo adora. Pero, un día, mamá se extrajo un molar, el área se infecta terriblemente, la llevan al dispensario médico del pueblo cercano donde le ponen una penicilina a la que resulta alérgica y muere al instante. Aún retumba en sus oídos la despedida de exhortación a su vecina Virginia: “cuídame mis hijos, y Sergito, ese va a ser cantante, es mi artista”. Como en un fenómeno que evoca “La muerte de Encarnación Mendoza”, también retumban en sus oídos los alaridos del padre, de vuelta a casa, en el cañaveral, por la pérdida de su amor. Y le martilla el alma que mamá nunca dijo “yo vuelvo”.

Ahí comienzan las maromas de su vida. Para sobrevivir corta cañas con apenas seis años, le toca ser dependiente en un colmado de Los Minas y, desde luego, pasa todas las peripecias de un excluido. Un día Rafael Solano organiza un “Festival de la voz” y él logra la audición y ser seleccionado para participar. Camino al festival se dice para sí: “Dios mío, si me sacas de esta espantosa miseria te prometo que mi casa no tendrá puertas, para que puedan entrar a ella todos los necesitados”.

Ganó en segundo lugar, se llenó de gloría con una carrera artística sin máculas, abarrotó Altos de Chavón con su éxito “La quiero a morir”. El ocho de enero pasado Guillermo Estrella lo llevó como regalo sorpresa a la boda de mi hija Rita. Doy gracias a Dios, no solo por su excelente participación allí, sino, y aún más, por haberme deparado la dicha de que me contara su historia, la que me convirtió en un hermano de ese hombre que ya, para la meritocracia, tiene nombre”, SERGIO PASCUAL VARGAS PARRA.