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Puntos de vista viernes, 19 de febrero de 2021

ORLANDO DICE ...

El caso de los haitianos

  • El caso de los haitianos
Orlando Gil

 El caso de los dos políticos hai­tianos de oposición que pene­traron el territorio dominica­no, el domingo pasado, no es un problema de la política, ni de la diplomacia, sino de derechos huma­nos.

¿Cómo entregarlos al gobierno del ve­cino país si hasta Estados Unidos, su único apoyo, le saca la alfombra y no lo conside­ra confiable como ente democrático?

Un régimen sometido a un violento pro­ceso de acoso y derribo no puede reaccio­nar con el debido respeto a sus adversarios, preservando libertad e integridad física.

No se conoce la intimidad de la situación y cómo se estaría manejando este asunto, a todas luces delicado, pues en cualesquiera de las circunstancias en que se asuma, se­rá peor.

Se supone que se habrá determinado co­mo esos ciudadanos entraron, aunque no hay que averiguar mucho para darse cuen­ta de que hubo descuido, y ese descuido debe ser cobrado.

La frontera es responsabilidad de un or­ganismo y ese organismo puso su seguri­dad en manos de uno de sus miembros, que evidentemente no cumplió con la ta­rea.

Falló, y de mala manera, pues ahora se origina un conflicto que no será fácil de re­solver. Ni por la política, ni por la diploma­cia, y tampoco por medio de los derechos humanos.

Estos grupos reclaman, y lo hacen con denuncias. Aceptarlas sería validarlas, y validarlas no sería un gesto amistoso con un gobierno como el de Jovenel Moïse, con el que se procuraban los mejores en­tendimientos.

¿Adónde irá a parar el acuerdo de nue­ve puntos que se firmara recientemente, y no solo por la actual crisis política, sino por el impasse que provocan los perseguidos, aparentemente acogidos?

El gobierno estaría en vacunación y en controlar precios, o en el discurso de ren­dición de cuentas, el primero de su joven gestión.

La opinión pública por su parte andaría dando vueltas a las pequeñas cosas de la política, a las menudencias que parece que cambian, pero que se quedan en el mismo lugar.

Sin embargo, la candelita de Haití que­ma por abajo y lo que menos necesita esta administración, o la nación en su conjunto, sería un roce bilateral.