EL BULEVAR DE LA VIDA

“I am sorry, father, I am sorry”

Pablo Mckiney

Las cuentas no cuadran. Los números no dan y las estadísticas generan más preguntas que respuestas. ¡Vea usted qué vaina!

En la última semana, se han reportado 116 muertos por Covid-19. Sólo el martes pasado, las autoridades informaron de 13 nuevas víctimas.

Con los primeros días del año, se ha ido diluyendo la mejoría que mostraban las estadísticas de contagiados, fallecidos, ocupación de camas y UCI disponibles.

No estamos mejorando ni en las estadísticas ni en el comportamiento de una ciudadanía hastiada, entre la incertidumbre del contagio o el temor de la pobreza.

A grandes problemas, grandes soluciones, es cierto. Solo que las mezquindades políticas de los partidos (incluso los partidos y/o en guerra), y presiones de un alto empresariado impiden ese gran acuerdo.

Y es que, superados los 200 días de relativa paz, en plena acción el Ministerio Público, la guerra política se ha iniciado incluso en un PRM que tiene que superar su vieja vocación perredeísta de no escuchar a Peña Gómez en aquel consejo lapidario de ser capaz de mirar “más allá de la curva” y defender la gobernabilidad; más estos dos PLD en verde y en morado, más centrados en destruirse que en renovarse.

Es en medio de este escenario, globalmente tétrico y localmente incierto, donde se acaba de iniciar en todo el país, -incluidas las cinco provincias que reúnen la mayoría de los casos de muertes/contagios- una flexibilización del toque de queda, que desde ayer inicia a las siete de la noche, con libre tránsito de tres horas todos los días. Si algo faltaba, ya se permiten actividades en parques y malecones, gimnasios, y bares; mientras la importante tasa de letalidad en vez de disminuir ha aumentado ligeramente de 1.21% a 1.24%.

Ante tantas preguntas sin respuestas, el pasado martes, era 26 de enero, en momentos en que más que herida vencida y más que vencida cansada, la patria dominicana nos convidaba a recorrer los lúgubres trillos del pesimismo, ese martes, ay, no pude evitar pensar en don Duarte, el Juan Pablo, prócer de la dignidad nacional, maestro del decoro, fundador inmortal del sueño de una patria que tal vez pudimos ser. Por eso, después de repasar traiciones y cinismos, mezquindades y olvidos, no pude más que decirle, “I am sorry, father, I am sorry”... y llamé a la Embajada. (¿Do you know?) Perdón por la nostalgia.