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Puntos de vista sábado, 12 de diciembre de 2020

UMBRAL

Democracia en AL y EE.UU.

  • Democracia en AL y EE.UU.
Manolo Pichardo

II
La profundización de la fractura social en Estados Unidos produjo a Barack Obama y a Donald Trump. Los ciudadanos anhelaban un líder capaz de soldar las grietas; pero el primero no llenó las expectativas, sus proyectos no cuajaron y el discurso de hacer grande de nuevo a la nación caló en una gran parte de los ciudadanos. Sin embargo, la consigna, ya en el poder, dividió más a la sociedad poniendo en evidencia las falencias históricas de un sistema electoral con menor nivel de legitimidad que los de América Latina, no solo por el voto indirecto del esquema colegial y el absurdo de que quien obtenga más votos populares pueda perder el certamen, sino porque la abstención histórica ha colocado en la Casa Blanca a inquilinos electos por una minoría. Es evidente que ha habido un deterioro en la calidad de la democracia en los Estados Unidos; en la calidad de la democracia económica, en la calidad de la democracia social, en la calidad de la democracia electoral, porque las condiciones económicas y de desarrollo de un país son las que determinan la fortaleza de sus instituciones Viéndolo de esta manera, esto es, vinculando la fortaleza de las instituciones con el desarrollo material, América Latina, luego de los procesos desarrollistas de los años 50 y 60 que siguieron un largo camino después de la construcción de los Estados en nuestra región, hubo experimentos democráticos, centrados en los derechos políticos, sobre todo en los electorales, que sucumbieron dando inicio a una prolongada lucha que trajo como resultados dictaduras duras, dictaduras blandas o democracias “puras” que, finalmente, y a partir de los años 80 comenzaron su proceso de consolidación.

Elecciones libres, aún con las impurezas de los residuos dejados por las dictaduras, “dictablandas” o “democraduras”, comenzaron a ser la norma en nuestra región, lo que fue derivando en fortalecimiento de los partidos con reformas electorales encaminadas a la instalación de gobiernos de mayorías como producto de certámenes diseñados a doble vuelta para que el victorioso acceda al poder con la mitad más uno de la totalidad de los votantes, o una votación de un 40 por ciento de los votos emitidos y una diferencia de 10 por ciento del que alcanzó el segundo lugar.

La democracia electoral, sin embargo, no garantizaba la política y social, por lo que las jornadas de luchas, muchas veces violentas, que precedieron a los años 80 en muchos de nuestros países, se comenzaron a reeditar debido a que el voto no estaba garantizando la mejoría en las condiciones materiales de existencia de la mayoría de la población que, participando como actor fundamental en la generación de las riquezas desde los campos y las ciudades, no tenía acceso a ella. Los partidos de vanguardia junto a los movimientos sociales se comenzaron a articular para luchar en favor de la instauración de esquemas democráticos integrales, capaces de responder a las demandas y necesidades de toda la población, capaces de repartir con justicia las riquezas producidas, capaces de brindar oportunidades a todos por igual; pero también democracias que dieran soberanía política y económica a nuestros países, democracias capaces de poner los recursos naturales al servicios de sus legítimos dueños.


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