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Puntos de vista sábado, 24 de octubre de 2020

OTEANDO

La presencia del maestro

Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

Se pusieron de mo­da los ordenado­res, mucho más de moda de lo que ya estaban. Llegó el Covid-19 y nos sumió a to­dos en el claustro indeseado, en el contacto permanente, sin posibles excusas ni evita­ción. Los niños están en ca­sa siempre y no hay espacio para una siesta, el beisbol o el dominó. El infierno digi­tal ya no es una brecha, es un boquete.

En medio de este venda­val reparamos en unos se­res humanos casi olvidados por completo por parte de sus conciudadanos. Unas figuras valoradas en las an­tiguas Grecia y Roma casi con vocación sucesoria res­pecto de los dioses y, en el Japón de hoy, las primeras en la jerarquía social, las más respetadas, a las que más re­verencias se les hacen. Me re­fiero a los maestros.

Aunque no todos tienen el mismo desempeño -unos entran por vocación y otros por situación-, todos tie­nen una virtud en común: se enfrentan día a día, no solo a tratar de instruir a nuestros hijos, sino tam­bién a educarlos. La mayo­ría son de baja extracción socioeconómica y eligen su oficio -como el guardia no académico su carrera- por ser el único lugar que “encontraron abierto”, pe­ro ello no les resta méri­tos. Los “memes” dan cuen­ta del fastidio que viven los padres en la aciaga hora, a quienes, ahora, los maes­tros -con o sin vocación- se les antojan ángeles bajados del mismo cielo. Ellos culti­van la paciencia de que no disponemos. Son los por­tadores de la oralidad que precede lo escrito. Son, desde siempre, esa presen­cia real e insustituible por cuyas manos pasamos abo­gados, ingenieros, doctores y presidentes dejándolos en el mismo sitio.

La pandemia nos ha he­cho valorarlos por lo que nos aportan. Hoy que así ocurre, quiero rendir, en las personas de los que aún es­tán y en memoria de los que ya se fueron: Ciricio y Lo­urdes Colón, Calín Belliard, Gladys Bruzzo, Altagra­cia Castro, América Tejada, Carmen Evangelista, Aman­tina de Burgos y de mi ama­do profesor de canto Patín Montolío, quien me enseñó los himnos de “la raza” y de “la escuela”, el más grande tributo a todos los maestros dominicanos, manifiesto en mi visión particular del mundo, las que fueron ca­paces de forjar despertan­do en mí el amor por el ar­te, la literatura, el saber, en fin, mi amor por la vida, que se activa a partir de mis mo­destos conocimientos.