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Puntos de vista jueves, 15 de octubre de 2020

COLABORACIÓN

Yvelisse Prats de Pérez, un testimonio personal

MANUEL NÚÑEZ

Yvelisse Prats de Pérez pertene­cía al linaje de nuestras muje­res extraordi­narias. Su nombre ya puede escribirse de pleno derecho al lado de Urania Montás, Ercilia Pepín, Antera Mo­ta, Mercedes Aguiar y Leo­nor Feltz. De todas aquellas maestras que se llamaron por la voluntad y por el esfuerzo propio discípulas de Salomé Ureña de Henríquez. Y, na­turalmente, de la tradición implantada en el país por el maestro por excelencia de los dominicanos, don Eugenio María de Hostos. Doña Ive­lisse se educó en Santo Do­mingo, su ciudad natal, en el Colegio Santa Teresita, en el Instituto Salomé Ure­ña de Henríquez y, final­mente, en la Universidad de Santo Domingo. Nació ro­deada de libros. Era la hija única del intelectual y pe­riodista Francisco Prats Ra­mírez, fundador de la So­ciedad Paladión y cultor del pensamiento de Hostos y de José Enrique Rodó. De don­de se deduce que una bue­na porción de su formación y cultura, la adquirió en su hogar, que, desde sus años mozos, era un mentidero de intelectuales y artistas.

En ese ámbito nacieron las tres vertientes de su ta­lento. Primero, su inclina­ción por la política, pensan­do siempre en las grandes soluciones a los problemas de la sociedad dominicana. Luego, su aptitud de escri­tora, la necesidad de dejar un testimonio de su vasta cultura y de su mundo in­terior. Y, finalmente, su vo­cación de maestra, que, an­dando el tiempo terminó imponiéndose como una urgencia a todas las demás. Porque para ella, que era una seguidora del pensa­miento de José Martí “Ser culto era el único modo de ser libre” y “ser bueno el único modo de ser dicho­so”. Y ella, puedo decirlo sin temor a equivocarme, era culta y dichosa. De am­bas cosas dan testimonio sobrados todos los discí­pulos que dejó a lo largo de su ejercicio magiste­rial. Nunca dejó de ense­ñar ni de aprender.

Al momento de su muer­te, enseñaba en el Instituto de Formación Política Jo­sé Francisco Peña Gómez, del cual era rectora. Puede decirse que desde mucho antes de diplomarse en la Universidad de Santo Do­mingo, ya se hallaba en las aulas, y en esos menesteres fue de las fundadoras de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP).

De todos los múltiples servicios que esta mujer ejemplar le rindió a la na­ción, quizá el predominante fue el de maestra de escuela como ella misma solía defi­nirse. En muchos de sus dis­cursos, le oí decir: “yo solo soy una maestrica de escue­la”. Era para ella el más alto honor. Haberles impartido la docencia a tantos alum­nos, no sólo en la escuela sino, además, en la Univer­sidad Autónoma de Santo Domingo, donde se dedicó a la enseñanza de la lengua española, su gran pasión.

Ese amor por la lengua, que escribía con claridad y soltura se echaba de ver en los magníficos artículos de su columna “Plural” del Listín Diario. Quedó, igual­mente, estampado en las antologías de sus poemas: La necesaria existencia (1982); en sus ensayos de temas educativos: Diagnós­tico de la realidad educativa dominicana (1974), Educa­ción Superior en la Repúbli­ca Dominicana (1976), Por la educación (1976), Los días difíciles (1981). Nunca rene­gó de esa condición.