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Puntos de vista miércoles, 30 de septiembre de 2020

FUNDACIÓN SALESIANA DON BOSCO

Este niño no es fácil

  • Este niño no es fácil
Luis Rosario

 Hay ´tigue­ritos´ em­bromones, por no decir otra palabra; son difíciles; saben más que el que les enseñó. No di­gas que no, pues estoy se­guro de que también de ti habrán dicho alguna vez: Este niño no es fácil. ¿Sa­bes de quién también dije­ron eso? Nada más y nada menos que de Jesús, poco después de su nacimiento, cuando hicieron su presen­tación en el templo. Claro, no es lo mismo ni se escri­be igual.

No sé si has oído ha­blar de un hombre, jus­to y lleno de fe, llamado Simeón, que espera­ba con ansias la llega­da del Mesías. Al encon­trarse con María, José y el niño, lo tomó en bra­zos; dando gracias le di­jo a su madre que su hi­jo no sería fácil, pues estaba destinado a crear mucha oposición y a destapar las intenciones de los corazones. Más claro de ahí no canta un gallo.

A María misma le di­jo que sufriría mucho, como si una espada tras­pasara su alma. Y así fue, pues a ella le tocó el pa­pel doloroso de ver luego a su hijo morir en la cruz; sufrimiento que ella en­frentó sin ñoñerías, co­mo mujer responsable y fuerte que asume su maternidad en las bue­nas y en las malas.

Las Navidades, que a todos nos vuelven el co­razón de chocolate, no son una fiesta dulzo­na, sino una confesión de fe. En las Navidades se nos confronta con Je­sús. No se puede perma­necer indiferente ante el Niño, nada fácil, que na­ció en Belén.

Hablemos con sin­ceridad sobre la inten­ción de nuestros cora­zones. Ni el ruido, ni la comida más abundan­te y diversa, ni las bebi­das que llegan a veces a emborrachar, pueden acallar la voz que gri­ta dentro de nosotros y que espera una respues­ta. ¿Soy indiferente y lo que me interesa es go­zar sin límites de la vida? ¿Rechazo a Jesús abier­tamente o lo acepto en forma negociable, según mi antojo? ¿Lo recibo co­mo al Señor de mi vida y de la historia? ¡Caramba, cuántas preguntas!

El ruido que rodea a la Navidad no podrá aca­llar esas preguntas. Por­que, como dice San Agustín: nuestro cora­zón está inquieto y no descansará hasta que no encuentre al Dios que da vida.