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Puntos de vista sábado, 26 de septiembre de 2020

COLABORACIÓN

Mixturas

Joan Bosh I Planas

 Una historia de amor am­bientada en el siglo XVIII entre un mi­litar castellano y una mestiza peruana, una novela premia­da ya hace años, me viene a la mente como ejemplo de las incontables historias de amor y desamor publicadas en las cuales los protagonis­tas son de diferentes cultu­ras, un encuentro biológico de etnias distintas la fusión de las mismas origina otras nuevas y desemejantes. Es­te hecho que hoy habría de considerarse relativamente normalizado, resulta que no lo es tanto. Dejando a un la­do la existencia en todos los continentes de pueblos indí­genas i etnias que no se mez­clan con otras por ley, condi­ción o característica o por su propia naturaleza, la unión de individuos de diferentes culturas sea en comunidad o en colectividad, origina dis­criminación y colateralmen­te xenofobia y racismo en la sociedad en la que conviven con otros. Esta es la realidad que vive EEUU, -en unos es­tados más que en otros-, donde el racismo se hace evi­dente en todos los ámbitos: esclavitud, genocidio indí­gena y segregación racial de forma sistemática. El matri­monio interracial no ha sido legal en este país hasta que una decisión de la Corte Su­prema del año 1967, no mo­dificó unes leyes anteriores anti-miscegénicas cataloga­das de anticonstitucionales. Desde entonces estas mixtu­ras han ido en aumento, des­de aquel 5% de la década de los cincuenta hasta el 85% de la actualidad, aunque la proporción puede variar de­pendiendo del origen étnico y el sexo de los contrayentes.

Si EEUU es el país más ra­cista del mundo, países de la América latina le siguen delante de España, Sudáfri­ca e Israel, aunque según las fuentes las estadísticas pue­den oscilar uno o dos pues­tos por encima o por deba­jo del inmediato. Los países andinos encabezados por Bolivia y seguidos por Perú y Argentina serían los que discriminarían a las comu­nidades indígenas por los problemas de convivencia y, precisamente, también al imperialismo histórico de EEUU y España, aunque su migración sea la más impor­tante en estos países.

La ausencia de mujeres castellanas en los primeros tiempos de la colonia en la isla de La Hispaniola, -hoy, Rep. Dominicana-, ilegali­dad y mestizaje eran la mis­ma cosa. Frente la proble­mática, una ordenanza real incentivó las uniones con las indias locales con la excu­sa de promulgar las campa­ña evangelizadora, y, el año 1514, ya se confirmaba la le­galidad de los matrimonios mixtos y aseguraba la legiti­midad de sus descendientes equiparándolos a los de los castellanos. En las diecisie­te naves que zarparon des­de Barcelona en el segundo viaje de Colón iban “algunas mujeres”, pero no fue hasta el tercero en que viajaron en gran número. Por otro lado, en el virreinato del Perú del siglo XVI, el cronista mestizo Guamán Poma de Ayala se sorprendía constantemente al ver como las indias locales iban detrás de cualquier va­rón que llegaba de la penín­sula a pesar de las barbarida­des que habían hecho los de su raza. Llegar a relacionarse con él significaba escalar, au­tomáticamente, posiciones en la sociedad.

El autor es investigador y escritor


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