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Puntos de vista sábado, 26 de septiembre de 2020

OTEANDO

El pronombre de todas las virtudes

Emerson Soriano

La conoció en una hermosa tarde de invierno en las instalaciones del Colegio Padre Fortín de Santiago de los Caballeros, lugar donde la incipiente Universidad Tecnológica de Santiago, que aún no tenía campus propio, alojaba sus carreras de derecho y Psicología. Ella se encontraba debajo de un laurel frondoso devolviéndole a manos abierta un balón de voleibol que de manera recurrente también le lanzaba una amiga mientras esperaban la hora de entrada a clases. Vestía unos jeans blancos de Gloria Vanderbilt con blusa de rayas y, en su abundante pelo negro azabache, tenía un corte al estilo "chagui" muy de moda entonces, que un día le confesaría fue la causa de que alguien, con ánimos de piropearla le dijera: "ese corte te hace parecer una fiera".

Su figura penetró en él como célula fagocitante de las penas que lo habitaban para trocarlas en alegría. Desde entonces la esperaba en el mismo lugar todas las tardes y, de vez en cuando, siempre que Filpo, el paletero de la esquina, estuviera dispuesto a fiarle unas mentas o goma de mascar hasta que llegara el "el pago", se las llevaba como ofrenda insinuante de un amor que para nada resultó noticia, porque devino como sentimiento ya vivido en un plano precedente de sus vidas, a complementar la teoría del eterno retorno.

Para el próximo invierno, aún sin terminar la universidad, ya estaban casados, gracias al padrino de bodas que le consiguió su amiga Orfelina Gómez Arias, Ing. Juan Alfredo Peña. Así se convirtió en sacerdotisa entregada a ser el soporte de todos los logros que él iba cosechando y que fueron -aunque inadvertido  por los demás- su obra y mérito, el resultado de la negación de sí misma, como un tributo místico y simiente del reconocimiento público alcanzado por él.

Anoche, mientras ella dormía y la contemplaba, descubrí unos surcos en su frente que, parafraseando a Machado, he visto como los caminos por donde han transitado mis desaciertos; en su reluciente pelo blanco he visto el pebetero que ha mantenido vivas mis ambiciones personales, sociales y políticas. Me dio tres perlas que atesoro, responde al nombre de Rita Alexandra Cabrera Ramírez. Es materia, forma, acto y potencia que me definen, pronombre de todas las virtudes, soy ella y ella es yo. ¡Se ha atrevido a hacerme feliz! Y este artículo es un homenaje a toda su bondad.