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Puntos de vista domingo, 20 de septiembre de 2020

El dedo en el gatillo

Mano de obra barata

  • Mano de obra barata
Luis Beiro

De mi padre aprendí a no robar ni a traicionar a un amigo. También me enseñó a mantener dos empleos a la vez para no inclinar mi frente ante nadie. América Latina es una región donde los profesionales sin tufos de política, sobreviven con salarios de miseria. Los más resistentes deben acudir al pluriempleo como recurso salvador. En otras palabras, quienes se queman las pestañadas en las aulas universitarias no son otra cosa que mano de obra barata: “Falta de empleo”, “altos impuestos” y “reducida plantilla empresarial”.

Un recuerdo imborrable de mi infancia lo viví el día del cobro de mi padre. Junto a mi madre, sentados alrededor de una mesa de formica que hacía las veces de comedor, no se percataba de mi espionaje desde una abertura pequeña en la puerta de mi cuarto.

Él sacaba de uno de los bolsillos de su pantalón un pequeño sobre manila amarillo dentro del cual se apretujaba el importe de su salario mensual. Ella, papel en mano, sacaba cuentas: Tanto para el pago de la luz, ropa, colegio, pasajes, comida, mensualidades del televisor y la nevera, y demás gastos de un hogar de clase media baja. Cada importe era envuelto en un pequeño rollo de papel que en su superficie anunciaba la cantidad contenida dentro. Si algo sobraba, poco por cierto, era dividido en partes iguales y repartido entre ellos para sus gastos personales. No había mucho que dividir, pero sacando cuentas ellos reducían de aquí o de allá (sobre todo en la comida) porque, pocos días después, mi padre llevaba otro sobre con el salario de su segundo empleo, para completar la sobrevivencia y pensar con la mente un poco más holgada en satisfacer mis escasos hobbies.

El trabajo principal de mi padre y, por supuesto, donde menos ganaba, era como oficial de telégrafos en el turno de madrugada, conocido en Cuba con el nombre de “la permanente”. Allí laboró desde su primera juventud hasta dos años antes de su fallecimiento, ocurrido en 1998. En su segundo empleo, servía como corresponsal en Cuba de la Unión de Prensa Internacional (UPI), empleo consagratorio hasta la expulsión de esa agencia en 1961.

Si la economía doméstica no decayó después de esa fecha fue gracias a mi madre. Ella se empleó de costurera en una colchonería en la barriada de Guanabacoa. Tuvo que sortear trampas del poder triunfante para sobrevivir algunos años. Aceptó ser dirigente sindical, pertenecer al Comité de Intervención del negocio, ser fundadora la Federación de Mujeres Cubanas y de los Comités de Defensa de la Revolución. Todo aquella fachada fue para impedir que las hordas oficialistas no se fijaran en mi.

Su desgracia devino al sacarme del Servicio Militar Obligatorio. Una carta con su firma dirigida al Estado Mayor del Ejército de Oriente, fue el detonante. Poco a poco fueron decayendo sus cargos, pero el mal estaba hecho: en 1970 me consagré en la Unión de Jóvenes Comunistas.

Otro recurso de mi padre para aumentar sus ingresos fue su práctica literaria. Sus críticas de arte y artículos aparecían en varias publicaciones, y años después comenzó a escribir para niños y a ganar premios en metálico con concursos nacionales.

Llegué a Santo Domingo “con raro olor a pólvora gastada”. No encontré empleo como periodista. Como escritor, publicaba algunos libros por unos pocos pesos. Un amigo inolvidable me acogió en una academia de béisbol donde tuve techo comida y seguridad hasta la llegada de los míos. Pero la necesidad me obligó a la simultaneidad laboral, pues no se puede sobrevivir con los ingresos de un solo empleo.

Después, otro amigo me ayudó en el mundo del periodismo, el cual hice mío hasta el día de hoy.

La idea de tener mi propio transporte, alquilar un local digno en la ciudad, pagar una universidad de lujo para mi hijo, y cumplir los trámites migratorios a favor de mi progenitora, me obligaron a otros empleos. No abandoné mis obras literarias, pero mi tiempo de alimentación y descanso se adulteraron.

A diferencia de mi padre, nunca me involucré en eventos literarios. Sabía que mi condición de extranjero era más fuerte que el valor que algunos de mis escritos podrían tener. Proseguí como editor, articulista y jurado de concursos.

No puedo quejarme. La humildad y el tesón para dar lo mejor de mí en lo único que sabía hacer fueron más que suficientes. Preservé mi familia cubana, mis hijos son profesionales exitosos y, lo más importante, no caí en la tentación del partidarismo.

Mis dos empleos dominicanos prosiguen. En ellos he logrado grandes amigos que conocen mi prioridad por el deber cumplido.

Se que mis padres me esperan en algún lugar, o en el polvo que alguna vez seré. Están felices al saber que mi frente no ha bajado ante locos, poderosos políticos. Soy amigo de todos, pero al servicio de nadie.