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Puntos de vista miércoles, 16 de septiembre de 2020

FUNDACIÓN SALESIANA DON BOSCO

El perro Tarzán

  • El perro Tarzán
Luis Rosario

 En la ciudad de los perros, más concre­tamente en el barrio que se tenía reservado para ellos, había uno que se encon­traba en el centro de la manada por su orgullo, valentía y guaponería. Pe­ro lamentablemente, no todas las cosas duran pa­ra siempre. Hay momen­tos en los que las fuerzas, la energía, la fortuna y las adversidades dan duro en el hueso y poco a poco esa hidalguía va flaqueando y hace que el monstruo grande y poderoso, se convierta en un alfeñique.

Nuestro perro, orgu­lloso una vez de su fuer­za y poder de dominio en el barrio, se debilitó tan­to que llegó a comparar­se con uno de esos virala­tas callejeros, llegando al punto en el que nadie le hacía caso, ni le tenía mie­do.

El perro ya no ladraba como antes y difícilmen­te lo encontraban en me­dio de la pandilla hacien­do acrobacias. Los otros perros más jóvenes y atre­vidos le cortaban los ojos, se reían a sus espaldas, es­cupían en su cara, inven­taban apodos denigran­tes para mofarse de él, en fin, se volvió insignifican­te antes los demás y ya na­die le hacía caso. De ser el macho alfa, pasó a ser la burla de todos.

Pasó el tiempo y nues­tro pobre perro amigo no contaba con la ayuda de nadie y debilitado por las dificultades que se le iban presentado día tras día, llegó al extremo en el que fácilmente se desva­necía y caía en medio del pavimento entre la mu­chedumbre. Algunos por compasión le echaban un jarro de agua para refres­car su cuerpo agotado por el sol, otros hasta dejaban caer algunas migajas de pan, que él humildemente comía, como la mujer ca­nanea del evangelio.

Y como a toda histo­ria le llega un desenlace, también a nuestro ami­go abandonado le llegó la hora de recoger lo bueno y lo malo que hizo, dán­dose cuenta de que la ma­yor parte de su vida ha­bía sido sólo ostentación y no cosechó nada concre­to que pueda acumularse como homenaje a la vida. Finalmente, ayer vi pasar por mi ventana, empuja­do a palos y mascarillas bien colocadas, a aquel que de todos se había reí­do y de quien todos se ha­bían reído en su etapa fi­nal.