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Puntos de vista sábado, 29 de agosto de 2020

FE Y ACONTECER

“Me has seducido Señor”

  • “Me has seducido Señor”
Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

 a) Del Libro del Profeta Je­remías 20, 7-9.

En esta lectura aparecen las desgarradoras “confesiones” de Jeremías, siete siglos an­tes de la pasión de Cristo. Una profunda crisis perso­nal, abate al profeta, provo­cada por la ingrata misión que el Señor le confía. Él ha de cargar con la cruz de la palabra profética, de he­cho, no puede silenciarla aunque quiera. Su lamento expresa la atracción irresis­tible del misterio fascinante que es Dios cuando se reve­la al hombre. “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… Yo era el hazmerreír todo el día, todo el día se burlaban de mí…”

En estos versos queda al descubierto la intimidad de Jeremías, él analiza las consecuencias de su voca­ción y acusa a Dios de ha­berle engañado, de haberle seducido sin que él pudiera hacer nada en contra. Se le prometió estar con él. Se le envió a construir y destruir, pero hasta el presente el profeta sólo había hablado de destrucción convirtién­dose en el hazmerreír de todos al no cumplirse sus palabras.

b) De la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 12, 1-2.

En estos breves versícu­los de su carta a los Roma­nos, el apóstol de los gen­tiles alienta a los cristianos de Roma a comportarse de manera convincente, en respuesta a la bondad de Dios y de acuerdo con la transformación que ha ocu­rrido en su vida a través del bautismo y, les exhorta a que ofrezcan su propia vi­da en sacrificio, conforme a la entrega total de Cristo. San Pablo insta a ir contra la corriente, a transformar nuestras actitudes y nues­tra vida, conscientes de que ofrecemos al Señor lo que realmente le agrada.

c) Del Evangelio de San Mateo 16, 21-27.

Los Sinópticos sitúan las condiciones de Jesús pa­ra sus seguidores: autorre­nuncia y cruz, después del primer anuncio de su pa­sión, muerte y resurrec­ción. Este anuncio provocó la fuerte oposición de San Pedro, a pesar de la hermo­sa confesión de fe mesiáni­ca que acababa de hacer. Pero Jesús rechaza enér­gicamente la oposición de Pedro: “¡Quítate de mi vis­ta, Satanás, que me haces tropezar; ¡tú piensas co­mo los hombres, no como Dios!” (v. 23) Y añade: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mis­mo, cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere sal­var su vida, la perderá; pe­ro el que la pierda por mí, la salvará” (vv. 24-25).

Las condiciones de Jesús para su seguimiento exigen una opción totalizante por el Reino de Dios, como lo hizo Él mismo, y antes de Él los Profetas. Si en otro tiempo el seguimiento de Cristo fue una parcela muy cultivada de la espiritua­lidad, hoy se lo ve como el centro teologal de la vida cristiana, entendida como discipulado. La respuesta afirmativa a la invitación de Jesús a seguirle es clave que nos abre el secreto del Reino de Dios inaugura­do en Su persona quien le sigue en la primera etapa: cruz, persecución y muer­te, además de confirmar la autenticidad de su discipu­lado, tiene la garantía de vivir con Él también el se­gundo momento glorioso.

El estilo, los criterios y las actitudes de Jesús son perennes, lo que Él nos manda ya lo cumplió pri­mero; por eso es nuestro modelo. El programa de las bienaventuranzas cho­ca frontalmente con los criterios del mundo y los intereses del hombre ma­terialista. El hombre actual mimado por el capricho y la abundancia no apre­cia los valores del espíritu. Asumir la cruz y practicar la abnegación es liberación de nuestro yo egoísta para abrirse al autodominio y la entrega a los demás.

Fuente: Luis Alonso Schökel: La Biblia de Nues­tro Pueblo.

B. Caballero: En las Fuen­tes de la Palabra.