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Puntos de vista sábado, 15 de agosto de 2020

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¿El poder daña a Danilo?

  • ¿El poder daña a Danilo?
Luis Encarnación Pimentel

 Debido a las frustraciones de los pueblos con políti­cos a los que les compran las ofertas y convierten en presidentes, pero estos in­cumplen y engañan, un alto porcentaje de la sociedad ha llegado a la penosa con­clusión de que el poder transforma, ma­rea y daña a las personas. El último ejem­plo apunta a Danilo y equipo, que cree que cumplió, pero se desdijo y le nubló un “yoismo” que rayaba en rencor, ven­ganza y en una intolerancia que afectó lo bueno que hizo. Aunque el buen refe­rente que es don José Mujica, expresiden­te de Uruguay, sostiene que “el poder no cambia a las personas, solo revela quie­nes realmente son” (¿). En campaña mu­chos candidatos ofrecen hasta el cielo, sin importarles faltar a la palabra empeña­da ni como puedan aparecer ante la his­toria. Como se habla de que lo importan­te no es como se comienza, sino como se termina, hay casos –como el que nos ocu­pa, con un Medina que entrega el poder mañana a Abinader– en los que, para la salubridad democrática y el debido res­peto a la institucionalidad del pais, qui­zá hubiera sino mejor no comenzar, para que no terminara de manera lastimosa y con la cabeza baja. Yo, que –de mi bolsi­llo– le escribí hasta un libro que no agra­deció, le creí cordero, y escribí que “tiene un discurso y una propuesta de nación”, frente a otro aspirante que, al amparo de ‘pedir perdón por los errores’ y en espe­ra de ‘una segunda oportunidad’, no de­jaba de ser “una amenaza de retroceso”. En verdad, un hombre que al final le bus­có el lado a quien podía hacerlo presiden­te; que expresara: “tocaré todas las puer­tas para que me ayuden a ganar”, y “no quiero ofensas ni heridas que no se pue­dan curar”, era para que los propios y los extraños le compraran el discurso. Pero, a partir de la proclama de que “me venció el Estado”, el hombre quedó “con la suya por dentro” y, ya con el poder en manos, no procedió como el estadista mesurado y respetuoso de las reglas institucionales, sino como el simple mortal que da rien­das sueltas a las debilidades humanas (¿). Se las fue cobrando hasta a los que nada le debían, porque mejor le habían aporta­do mucho a su triunfo. Pero además del gran irrespeto y desprecio por la Consti­tución y las leyes ordinarias, como el caso de la sentencia 168-13 y el de la terminal de la zona oriental, hay decisiones torpes, provocadoras y poco delicadas a horas de entregar el poder (¿). ¿Choque emocio­nal, al descubrir que el poder no es eter­no? Nelson Mandela sí lo tuvo claro: “Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un pri­sionero”.


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