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Puntos de vista jueves, 06 de agosto de 2020

Diplomacia científica en la era del Covid-19

  • Diplomacia científica en la era del Covid-19
Yamaya Sosa, PH.D.
yamayasm@gmail.com

 El mundo que conocíamos ha ex­perimentado una increíble dis­rupción como consecuencia del Covid-19.

El planeta está en duelo o alerta y la ciencia ha adquirido tal visibilidad, que de repente términos como PCR (reacción en cadena de la polimerasa) y anticuerpos son trending topic.

La comunidad científica se integra a la políti­ca en busca de coaliciones para abordar esta crisis en toda su complejidad.

La ciencia es crucial para el desarrollo de las naciones. En sus Objetivos de Desarrollo Sos­tenible, las Naciones Unidas recomienda apo­yo a la investigación científica para promover la capacidad tecnológica y la innovación.

En ese sentido la influencia de la ciencia en el desarrollo requiere entre otras cosas, de un aumento en el número de investigadores, lo que amerita mejorar la inversión en la cien­cia. Esta inversión crea competitividad y em­prendedurismo, fomentando el crecimiento económico que a su vez avanza el posiciona­miento de la marca-país.

El fortalecimiento de las capacidades cientí­ficas proporciona relevancia internacional y ‘poder blando’. La diplomacia científica.

Según la Royal So­ciety, la ciencia es un campo donde se puede construir coaliciones, abor­dar retos comunes y mejorar relacio­nes políticas. La pu­blicación US and International Pers­pectives on Global Science Policy and Scien­ce Diplomacy, recomienda el fortalecimiento de la diplomacia científica mediante la imple­mentación de una serie de medidas tales co­mo la integración de la diáspora a las agen­das de política doméstica y exterior.

Como parte de sus funciones, atachés cientí­ficos en las embajadas pueden conducir cen­sos de su diáspora científica, invitándolos a formar parte de redes nacionales. Además de implementar estos programas, los atachés deben sistematizar un plan de evaluación so­bre su eficacia, usando métodos rigurosos y divulgando los resultados de forma transpa­rente. El objetivo de este plan es aumentar la circulación de cerebros. En este mundo in­terconectado, ya no hablamos de fuga de ce­rebros, sino de circulación e integración. La diáspora científica puede integrarse a grupos de trabajo activos en universidades naciona­les.

Los científicos locales deben definir los in­dicadores de una cooperación exitosa: Por ejemplo, el desarrollo de nuevos proyectos de investigación, entre­namientos y pasantías en centros extranjeros o incluso la creación de nuevos laboratorios (con apoyo del sector privado), fortaleciendo así las capacidades lo­cales.

Tanto valoran las nacio­nes estas colaboraciones en áreas de STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáti­cas) que Dinamarca ha designado un emba­jador ante Silicon Valley. Hace unos meses el New York Times publicó un artículo desta­cando como mientras los Estados se han visto obligados a cerrar sus fronteras, total o par­cialmente, para moderar la circulación del Covid-19, el nivel de cooperación científica internacional ha alcanzado niveles históri­cos. La ciencia trabaja con sus contrapartes extranjeros independientemente de lo que esté sucediendo políticamente.

Cuando hace unos meses escuché al equipo de la Universidad de Rochester (EEUU) ana­lizar los efectos neuropsiquiátricos del Co­vid-19, los datos presentados correspondían a pacientes europeos, porque en EEUU aún no existían suficientes casos documentados con estas complicaciones.

Compartir experiencias ayuda a anticipar respuestas. En este mundo globalizado, no es suficiente que nuestro país esté sano, sino que la situación mundial nos afecta tarde o temprano.

Finalmente, la integración de comités cien­tíficos de ciencias básicas y aplicadas a la política doméstica e internacional debe procurar la toma de decisiones basadas en data.

Los científicos no dictan políticas, sino que proporcionan evidencia, idealmente antes de las crisis. En este momento se debe incentivar la solidaridad y cooperación para frenar el avance del Covid-19 y ayudar a prepararnos ante nuevas crisis sanitarias, desastres natu­rales, protección al medioambiente y otros temas imperantes.

Se debe fortalecer el intercambio rápido y efi­ciente de información, fomentando la trans­parencia en la comunicación con la pobla­ción, empoderando a la gente para cuidar su salud, evitando más pérdidas, y facilitando la inevitable adaptación ante esta disrupción.