EN SALUD, ARTE Y SOCIEDAD

No hay cambio sin la cultura de #ElCambio

Ignacio Nova

 El grado de deterioro y atrofia de la sociedad do­minicana que heredará el electo presi­dente Luis Abinader cons­tituye el más demandante desafío recibido por go­bierno alguno en la histo­ria nacional.

Es, también, una provo­cación monumentalmen­te ofensiva. Obra de unos fundamentos contractua­les del Estado de sociedad que fueron desmembrados durante esa deplorable y extendida praxis oficial de “laissez faire, laissez pas­ser”. Llegamos así al borde del Estado inoperante, fa­llido, ríspido.

Desde el poder políti­co y económico se articu­laron y legitimaron prác­ticas disgregativas; se desencadenaron los más depravados y ruines ata­ques contra las leyes y los derechos consagrados. Todo a contrapelo del ciu­dadano de bien, renegado a ingresar al terreno apa­bullantemente creciente de promiscuidad, vanda­lismo, corruptela y barba­rie. Lo social deviene así en desatino mayúsculo, prohijado en una extendi­da connivencia en la Justi­cia frente a los actos ilíci­tos de los poderes.

Como método, corrom­pieron hacia abajo, crean­do centenares de direccio­nes generales; deseando quitar la presión a la lucha anti corruptela. Normaliza­ron el “Pagar o matar” y en­tregaron responsabilidades públicas ejecutivas sólo a los dispuestos a convivir en tal fango de agresión públi­ca a lo público.

Soslayaron que la socie­dad, como conglomerado regido por normas sobre la convivencia, la tolerancia, la seguridad vital y las inte­rrelaciones con los demás y el medio ambiente —in­cluyendo el propio entorno social—, es el más precia­do bien, la obra más aca­bada, fraguada por nuestra especie y nuestros prohom­bres durante su historia.

Como todo tiene conse­cuencia y por la ley de ac­ción y reacción, hoy nues­tra sociedad despeña hacia un previsible abismo, hacia una ostensible disolución como colectivo unánime, Estado, Leviatán. Saldo de gestiones de gobiernos que optaron por formar trillo­narios al vapor. Tarea que implicó despreciar toda norma y circunspección; imponer modos violentos y delictuales de acción pre­ferente ante lo público y lo nacional, desde arriba.

La designación de indi­gentes (económicos, edu­cativos y éticos) en las fun­ciones públicas nutrió ese ejército de funcionarios co­rruptos y, además, prote­gidos por una justicia ne­crótica y petrificada hasta la inoperancia. A estos, el apelativo “lumpemprole­tarios”, esbozado por Carl Marx, queda pequeño e in­suficiente.

Es el modelo a romper porque estalló. Junto al reto económico, es la más importante tarea del próxi­mo gobierno.

Si el molde que repite ese modelo no es roto, no habrá justicia en aplicar “justicia” a los gobernados. Perderá validación y soste­nibilidad el derecho a ejer­cer la “coerción selectiva” sobre los ciudadanos.

Decimos que del regre­so al imperio de la justicia y de lo ético dependen hoy la gobernabilidad y la gober­nanza.

Y, también, la sobrevi­vencia de nuestra agrieta­da democracia.

Muchos políticos sos­layan que la justicia es un producto cultural: sus praxis y fundamentos las nutren idearios y conven­ciones sobre la forma de vi­vir en sociedad, en una re­lación de causa-efecto.

La justicia es la garantía contractual del Estado, a ella la Cultura contribuye, caracterizándola, validán­dola, afianzándola.

Al hacerlo, acredita a la identidad y a los valores que socialmente compac­tan.

Urge, pues, orientar Cultura hacia las sociona­rrativas (incluyendo de justicia) que articule la ad­ministración del presiden­te electo Luis Abinader y Raquel Peña.

Porque no hay cambio sin cultura alineada hacia El Cambio.

Algo que todos ya debe­ríamos saber.