PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

Jacobo I y el origen de la ley

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Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.Santo Domingo

En 1598, Jacobo I (1603 – 1625) publicó, la Ver­dadera ley de las monarquías libres. Allí afirmaba: por vo­luntad de Dios, “el Estado es propiedad de la dinastía fa­miliar gobernante”.

En Romanos 13, 1- 5, Pa­blo defiende que todo poder proviene de Dios, pero eso no quiere decir que Dios sea monárquico, como creían en 1800 algunos obispos fran­ceses exiliados.

En último término, todo poder proviene de Dios, pe­ro, ¿la soberanía reside en el rey o en el pueblo?

Jacobo I no solo estaba convencido de encarnar la autoridad divina, sino que sostenía: para poder ejercer su oficio, el rey debía de estar libre de toda limitación par­lamentaria, eclesiástica o de cualquier otra índole.

El autoritario Jacobo I afir­mó arrogantemente: “es im­pío y sacrílego osar juzgar los actos de Dios y, por ello, temerario e imprudente que un súbdito critique las medi­das tomadas por el rey”.

Jacobo apelaba a una con­cepción no criticada desde tiempos inmemoriales: el poder del rey provenía direc­tamente de Dios.

Así lo explicaba citando el axioma: “el rey proviene de Dios, la ley, del rey” (“a Deo rex, a rege lex).

Los parlamentarios opues­tos a Jacobo I podían invocar la Carta Magna inglesa del 1215 donde se dejaba claro, entre otros principios que: el monarca no estaba por en­cima de la ley, que su poder no era absoluto y nadie po­día ser condenado El juez Edward Coke, juez supremo del reino (1552-1634), en­frentó a Jacobo I, postulando que el rey estaba sometido a ley y los jueces.

La ley común, afirmaba Coke, proviene de la juris­prudencia tradicional de los tribunales, no del benepláci­to del rey. Coke no solo afir­maba la supremacía de la ley, sino que colocaba su fuente en las decisiones de los tri­bunales a lo largo de la tra­dición.

Por tanto, competía a los jueces, determinar si una ley del parlamento o del rey era justa. Así el rey quedaba so­metido a la ley y a los jueces.

El fallo judicial –que se confunde con la ley—es su­premo, y toda la constitución depende de él (S. Giner, His­toria del Pensamiento Social, 1967, 1982, 265, obra ex­traordinaria disponible gra­tis en internet).

Dos jesuitas rompieron lanzas contra Jacobo y su exigencia: un idolátrico jura­mento de lealtad.

El autor es Profesor Aso­ciado dela PUCMM

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